Palacio de Valdecarzana, el cofre del tesoro

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 14-09-2014

    La tarde viene –de siempre– cayendo temprano sobre El Sol, que siendo calle estrecha y pequeña por herencia medieval, es ancha por el gusto histórico que le procuran uno de sus edificios, datado de la época de navegaciones a vela, fueros, murallas y góticos.

    Por algo está aquí plantado el palacio de Valdecarzana, pequeño gran prodigio gótico de la Villa de Avilés. Una mansión desarmada de conceptos militares, pero armada de una personalidad estética similar a edificios, hermanos, de Italia y de Francia.

    Valdecarzana da para mucho. Incluso para el misterio.

    Los historiadores difieren sobre el siglo de su construcción. José Jorge Argüello (en su obra ‘Abilles’) es partidario del siglo XII. Raquel Alonso del XIII. Juan Uría Ríu: entre el XIV y el XV. Y Germán Ramallo matiza que el bajo es del XIV y el piso del XV.

    De lo que no hay duda es que es edificio civil más antiguo de Avilés. Y de su hermosa traza, en especial sus ventanas, y la calidad de los materiales empleados en él.22.valdecarzana palacio 290114.IMG 5659 300x225 Palacio de Valdecarzana, el cofre del tesoro

    La versión más compartida es que fue construido como residencia de un rico mercader que utilizaba la planta baja como tienda y almacén de sus productos y la alta como residencia familiar. El hecho se fundamenta en que el edificio no adopta carácter defensivo alguno. En origen fue cuadrado y fue creciendo hacia lo rectangular, de forma que su aspecto actual remite a un cofre que guarda uno de los tesoros históricos mas valiosos de Avilés: El Fuero (siglos XI/XII).

    En el XVII fue adquirido por los Valdecarzana. En el XIX, pasó al que fue alcalde de Avilés, Fernando Ochoa. Y en el XX a la ‘Sociedad de Transportes Marítimo Terrestres’ vincula­da a las casas consignatarias avilesinas. Luego, hasta fue economato…

    La única fachada que se conserva intacta, desde su construcción, es la de La Ferrería. El edificio fue reformado en el siglo XIX, añadiéndosele, externamente, un decorado ficticio que quería pasar por gótico. En 1998 fue sometido a una total renovación para instalar aquí el importante Archivo Histórico avilesino. Esta obra dejó al descubierto, aparte de algún elemento arquitectónico original, una cantidad notable de cerámica medieval troceada, utilizada en aquel tiempo como aislante contra la humedad. Retirada que fue la cerámica, vuelve –hoy– el edificio a mostrar claras señales, externas, de humedad. La historia de siempre. La Historia.

    Valdecarzana es referencia, en Asturias, de casa de alguien, no perteneciente a la nobleza. Y hay quien sostiene que debió haber más edificios, como éste, en el casco histórico de Avilés, dado el gran flujo comercial, y por tanto riqueza que generaba el puerto de Avilés, por donde no entraban solamente mercaderías, sino filosofías e ideas artísticas internacionales. O sea el maravilloso milagro del cosmopolitismo. Una ‘vía de agua’ por donde, posiblemente, entró la arquitectura utilizada en Valdecarzana o en la capilla de Las Alas.

    Otra, es los que mantienen que en la mansión se alojó, en el siglo XIV, el rey de Castilla, Pedro I (apodado, injustamente, por sus enemigos ‘El Cruel’), después de haber reconquistado Avilés, que su hermanastro Enrique de Trastámara (que en asuntos de crueldad, parece que era el ‘entendido’ de la familia) habría tomado por las armas unos meses antes la Villa. Misterio, una vez más.

    En Avilés, hoy, casi nadie lo conoce como casa de Baragaña, pero si fue nombre utilizado en el pasado, ya que se accedía a él –por la calle del Sol– a través de una antojana (en Asturias: baragaña).

    Desaparecido aquel abandono casposo que le procuró el último siglo, hoy es un monumento tan lúcido como lucido. Henry James afirmaba que producir un poco de arte supone un gran tramo de historia. Eso es lo que representa este pequeño palacio de Avilés.

    Tiene una armonía seductora, por sencilla y natural. Y si la arquitectura fuera música congelada, las notas de la gótica mansión serían del arrebatado Antonio Vivaldi.

    El palacio avilesino y el músico veneciano suenan igual durante las cuatro estaciones del año.

    Afinados. Y afamados.

 

(Edición revisada del artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’, el 6 de noviembre de 2011)

Las asombrosas semejanzas entre Rivero y Galiana

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 07-09-2014

Fue por el XVII, aquel siglo del barroco, cuando Avilés se lanzó a crecer en el aspecto urbano. Que buena falta le hacía.

Porque estaba totalmente estrangulada por la muralla que la protegía. Se había quedado chica, la Villa, para una población que no dejaba de crecer. No era plan.

Así que los notables trazaron un Plan –el histórico crecimiento barroco– cuya premisa principal era  saltarse el corsé amurallado que la venía defendiendo.

Y la Villa se abrió hacia el sur –que al norte estaba la mar– comenzando toda una siembra de palacios en la plaza de España (el municipal y los de Ferrera y García Pumarino). Pero cuando estas mansiones andaban en el empeño constructivo o aún eran proyectos vertidos en planos, comenzó la construcción de las calles Galiana y Rivero, que ampliarían la villa y vendrían a paliar los problemas derivados del crecimiento demográfico derivado del constante progreso mercantil de Avilés.22.lassss asombrosas. RIVERO capilla 300x225 Las asombrosas semejanzas entre Rivero y Galiana

En 1663 se construyen las primeras casas en la galiana o cañada o riera, que bajaba desde El Carbayedo. En Rivero hubo que poner orden en aquel pequeño arrabal de casas –Hospital de Peregrinos incluido– que se habían ido asentando, a la vera de la ría, desde hacía un montón de años.

Desde entonces, estas calles, son tan distinguidas como alegóricas y tan fascinantemente sutiles que no se sabe si aterrizan en el Parche o despegan de él. Calles barrocas, con todo su sabor, muy difícil de encontrar hoy en España y parte del extranjero, oiga.

Luego está ese paralelismo en usos y consumos. Nacieron como calles comerciales, habitadas por artesanos. Pero también fueron encauzamiento de transportes de las mercancías que llegaban al puerto de Avilés, o de las que se embarcaban en el mismo. Por Rivero se marchaban las importaciones hacia Oviedo y Castilla. Por Galiana llegaban cargamentos para la exportación procedentes de la Asturias campesina, de aquí a Grado.

Ambas fueron, o son, también, calles de movida. O sea bebida.

Y las dos tienen también capillas religiosas. En Rivero el Santo Cristo para unos, o ‘San Pedrín’ para otros; por las mismas andan en Galiana con el Ecce Homo, más conocido como ‘Jesusín’. Una familiaridad a la avilesina tan respetuosa como difícil de explicar a visitantes.

Las dos calles tienen su correspondiente fuente de los caños. Conviene no olvidar que Galiana llegaba hasta El Parche, hasta finales del siglo XIX cuando surgió la calle San Francisco (por entonces, La Canal), donde ahora se ubica, frente a magistrales edificios, la mágica fuente con el nombre del santo italiano.

Y para que la romería descriptiva sea completa, ambas se iniciaban con un palacio a su izquierda. En Rivero, el de García Pumarino (también conocido como Llano-Ponte), actual sala cinematográfica. Y en Galiana, el palacio Ferrera.

Y si Rivero tiene un cine, Galiana es calle de cine, de rodajes quiero decir.22.lasss asombrosas. GALIANA intermedio techos madera 225x300 Las asombrosas semejanzas entre Rivero y Galiana

Tan cosidas por orígenes, destinos y fines son, que mirando un plano, semejan alas barrocas que abrazan ese milagroso bosque urbano llamado parque de Ferrera, al que desde ambas se tiene acceso.

El escritor Armando Palacio Valdés, vivió –de niño– en Rivero. Pero quizás no sea tan conocido que la calle Galiana llevó durante algunos años su nombre. Aunque si el lector es medianamente conocedor de la historia local, sabrá que aquí, en Avilés, una de las ‘diversiones’ favoritas es cambiar el nombre de las calles.

Cada una tienen poetas locales de solera: Ana de Valle, en Galiana y ‘Lumen’ en Rivero. Y en ambas domiciliaron centros privados de enseñanza resonados: En Rivero,  el propio ‘Lumen’ (y sucesores: María Luisa y Rubén) y en Galiana ‘Don Floro’.

Desembocan su belleza en la misma calle (avenida de Cervantes) produciéndose –en dicho trance– un brutal choque estético con edificios mostrencos, por altura y ausencia de finura.

Rivero y Galiana son dos episodios aparte que alimentan la emoción estética de propios y extraños porque tienen alma, corazón y vida.

Son una pasada monumental.

 

(Artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’ el 25 de septiembre de 2011)

 

La singular plaza de los siete nombres

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 31-08-2014

En Avilés hay una espectacular plaza –totalmente rodeado de galerías– que alberga el histórico mercado de la Villa, concedido por los Reyes Católicos en 1478…

 

La Villa avilesina es territorio de plazas con solera histórica: El Carbayo, El Parche, Carlos Lobo o El Carbayedo son algunos ejemplos. Pero cuando dices ‘la plaza’, a secas, tu interlocutor da por supuesto que te estás refiriendo a la de Hermanos Orbón.

Algunos creen que tal surtido de nombres, de ésta plaza, es consecuencia de la inspiración perenne que ocasiona el recinto. Otros que es la demostración de la imposibilidad para bautizar un espacio arquitectónico tan singular, creado en el siglo XIX, cuando la ciudad se estiró –urbanísticamente– de forma tan efectiva como brillante.Sin embargo es lugar de hasta con siete nombres en el imaginario popular, desde este ‘La Plaza’ hasta los que remiten a conceptos mercantiles, como plaza ‘del Mercado’ o ‘de Abastos’. O geográficos: ‘Las Aceñas’. Aparte, claro, de los legales: ‘Plaza Nueva’, que es el primer nombre adjudicado por el Ayuntamiento, desde su construcción hasta el 28 de octubre de 1938, cuando lo cambió por el del escritor y periodista ‘Julián Orbón’, que luego sustituyóor el de ‘Hermanos Orbón’ (músicouno y literato e otro) el 12 de agosto de 1965.22.Plaza Las Aceñas.Nardo Villaboy.19964 257x300 La singular plaza de los siete nombres

Se desecaron marismas insalubres que dividían Avilés hasta decir basta. Y así, sustituyendo líquido por sólido, nacieron esta plaza y los parques del Muelle y del Retiro. Y detrás, claro, el desarrollo urbano de gran parte de la ciudad.

Quedémonos con la copla de que hasta hace unos ciento cuarenta años, el mar llegaba hasta Las Meanas, que fue el nombre que, posteriormente, heredó el citado parque del Retiro. Tela marinera.

La fuerza con que entraba, en el que hoy es centro de Avilés, se puede ilustrar con el hecho de que el nombre del lugar, fue: Las Aceñas, porque en este espacio estuvieron funcionando, desde el siglo XIII,  aceñas, o sea molinos que utilizan las mareas como fuerza motriz.

Fuimos adelantados en energía alternativa en plena Edad Media. Y, aquí, sin sacar pecho.

La plaza, es un espacio arquitectónico compuesto, en origen, por 28 solares dispuestos en rectángulo. Las viviendas vierten unos más que vistosos balcones y miradores, hacia las tres calles y una plaza. Y hacia el interior: galerías de madera sostenidas por ochenta columnas de hierro que conforman unos soportales de considerable altura. Bajo ellos: bajo y entresuelo de locales comerciales. El recinto tiene cuatro entradas. Una de ellas, la de la calle La Muralla, luce, en la parte superior una fecha: 1873.

Consta, para que nos conste, que el rectángulo central de la plaza estaba destinado a zona ajardinada. Pero una serie de acuerdos, posteriores, hicieron posible que se construyera en ese espacio un pabellón dedicado al mercado, que centralizara el que, desde el reinado de los Reyes Católicos, se desparramaba por calles y plazas de la Villa.El diseño arquitectónico, municipal, responde a un tipo constructivo muy de moda entonces: las llamadas pla­zas Nuevas, basadas en la funcionalidad.Aereo casi.AVILES desde PLAZA MERCADO con NIEMEYER y ENSIDESA al fondo. foto de Pepe Fdez.2 300x224 La singular plaza de los siete nombres

 Y este pabellón central, de abastos, -hoy acertadamente remodelado- fue el tercer mercado moderno construido, en el siglo XIX, en Asturias, después del de Trascorrales en Oviedo y aquel de Jovellanos, en Gijón.

En Avilés siempre ha habido polémica entre los partidarios de que el pabellón del mercado tuviese otra ubicación en la ciudad y los partidarios de que siga aquí. Una opinión coincidente con la oficial, que se ciñe a los planes del Avilés del futuro.

Aunque no está de más recordar que el interior de la simétrica plaza fue concebido como zona de ocio, con un centro ajardinado, que adornara el agradable paseo ‘de invierno’ que procuran los soportales, complemento del ‘paseo del verano’ en el parque del Muelle.

Su simetría y el espectacular perímetro de galerías siguen ocasionando el asombro de miles de turistas.

Tengo escrito que el arquitecto José María Pérez González, más conocido como ‘Peridis’, famoso por sus afiladas y afinadas viñetas periodísticas, me inquirió –en un paseo por allí– y con un tono entre sorprendido y admirado ‘¿Pero como coño no conocía yo esto?’

Pues eso es lo que venía ocurriendo con Avilés, desde casi siempre, hasta tres años antes de finalizar el siglo XX, cuando comenzó la promoción turística de la ciudad.

Y luego, en el siglo XXI, unos 130 años después de levantada esta plaza de los siete nombres, llegó el Niemeyer.

Y la cosa pinta. Y pita.

(Publicado en 'La Voz de Avilés' el 21 de agosto de 2011)
(Las fotos son gentileza de Nardo Villaboy, la aérea, y José Fernández).

La pequeña gran historia de la calle de La Fruta

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 24-08-2014

Avilés no tiene partida de nacimiento. Sabido es que su fundación no tiene fecha. Por tanto, tampoco sus calles más antiguas, que estaban protegidas por una muralla (episodio aparte), de unos 800 metros de longitud, que las abarcaba.

Hablo de las, hoy, conocidas como La Ferrería, La Fruta, El Sol, San Bernardo y Los Alfolíes. Las que concentraban más actividad y vecindario eran las dos primeras, paralelas entre sí y que estaban unidas por la del Sol, formando entre las tres una H.

La de La Fruta no siempre respondió a este refrescante nombre, ni era tan uniforme su línea recta actual. Y además, al principio -de su historia- la calle no era una, sino dos. Porque la ‘desembocadura’ de la calle del Sol en ella, conformaba un ensanchamiento o pequeña plazoleta (‘plaza de la Villa’), que facilitaba la división. Desde dicho lugar hasta el inicio de la calle (en una de las puerta de entrada de la muralla: ‘la del Reloj’) era ‘Cimadevilla’.22.pequeña gran historia. La Fruta.finales siglo XIX 300x196 La pequeña gran historia de la calle de La Fruta

El segundo tramo, que iba desde la plaza de la Villa, hoy desaparecida, hasta su final en un paredón, que la separaba de la propiedad de los Alas (y luego de los marqueses de Camposagrado), y era conocida como ‘calle Oscura’.

Por supuesto que los dos tramos, que entonces formaban la actual calle de La Fruta, contaban con soportales, a ambos lados, dejando solo a cielo abierto un espacio por el que cabía un carro tirado por bueyes, excepto al final de la Calle Oscura, donde era tal el estrechamiento que podían abarcarse las columnas de ambos lados extendiendo los brazos.

A consecuencia del tremendo incendio que sufrió Avilés en 1478, cambiaron muchos aspectos urbanísticos de la Villa. Por ejemplo, cuando se reconstruyó esta calle, la que fue Cimadevilla, pasó a ser Rúa Nueva, y la plaza de la Villa: plaza de la Rúa Nueva. La Oscura siguió a oscuras. También por entonces se construyó, en aquella plaza de la Villa, la casa del Concejo (con funciones de lo que hoy conocemos como ayuntamiento).

Pero el 4 de diciembre de 1621, un nuevo incendio destruye las casas de la Rúa Nueva. En la restauración la calle ganó en amplitud y fue entonces cuando se la renombró como de La Fruta, al instalarse en ella puestos de venta de productos de la huerta. Entre siglos XIX y XX, la vía sufrió una gran transformación al levantarse en ella magníficos edificios de varias alturas. Entonces fue la calle principal de Avilés, hasta que le quitó ese título la calle de La Cámara cuando comenzó a estirarse.22.pequeña gran histora. La Fruta desde el palacio Camposgrado. 195x300 La pequeña gran historia de la calle de La Fruta

La Fruta, calle tan corta como hermosa, tiene singularidades que llaman la atención. Por ejemplo comienza y termina con fuentes en la margen derecha: la de Doña Rolindes (adosada al ayuntamiento, un puzzle de otras anteriores) y la del Centenario del Bollo (al lado de la Cámara de Comercio y obra del artista plástico Ramón Rodríguez).

Por otro lado está la cuestión palaciega. Situándose al principio o al final de la calle siempre tendrá -al fondo- un espléndido palacio (del siglo XVII) a la vista: el Ferrera (hoy hotel de cinco estrellas) y Camposagrado (actualmente sede de la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias).

Luego está el factor boticario, que es cosa que llama la atención, ya que en su corta longitud, la calle acoge tres boticas, lo que la convierte en una de las vías españolas de mayor densidad farmacéutica por metro cuadrado. Así que está asegurado el remedio para posibles jaquecas, soponcios y otras calamidades. También, y por si lo anterior no resultara, hay una funeraria. Y espléndidos comercios y un par de hoteles.

El 30 de octubre de 1896, a la calle le cambiaron su nombre por el de Suárez Inclán, destacado político de la época. Aunque en el lenguaje coloquial, nunca dejó de ser conocida como la de La Fruta, nombre que recuperó, oficialmente, el 18 de julio de 1979.

La Fruta es calle fresca y refrescante.

(Episodio publicado en 'La Voz de Avilés' el 14 de agosto de 2011)

Los kilométricos y, generalmente, artísticos soportales de Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 17-08-2014

    En rigurosa descripción académica, soportal es un espacio exterior cubierto, construido junto a un edificio, cuya estructura se sujeta con columnas y precede a las entradas principales; generalmente rodea una plaza o recorre una calle.

    El soportal permitía, cuando no había electricidad, trabajar a los artesanos delante de sus talleres, resguardados de lluvia o sol. Lo mismo que a los vendedores de productos del campo, cuando el mercado de Avilés se desparramaba por todo el casco histórico de la ciudadela amurallada.

    Nuestro mérito, contra lo que ha ocurrido en otros lados, está en haber sabido, querido y podido, conservarlos, a lo largo de los siglos.

    Un paseo por calles y plazas de Avilés demuestra la calidad y cantidad de los soportales que hemos recibido -colosal herencia- de tiempos pasados y que seguimos incrementando.

    Suman más de tres kilómetros, entre antiguos y modernos. Y adoptan gran cantidad de formas, colores y estilos.

    Los más antiguos son los que pertenecen a las calles de La Ferrería, Bances Candamo, Galiana, Rivero, plaza de España, y Carbayedo. Algunos, situados en la calle Bances Candamo, en el barrio de Sabugo, puede que sean incluso anteriores al siglo XVII, que fue cuando Avilés empezó a crecer fuera de la murallas, lo que dio origen a la plaza de España y las calles de Rivero y Galiana. Un apoteósico conjunto soportalado.

01 300x200 Los kilométricos y, generalmente, artísticos soportales de Avilés

     Entre finales del siglo XIX y principios del XX, Avilés dio otro estirón urbano muy notable. De entonces son los de la calle San Francisco -cuyos edificios son un magnífico muestrario arquitectónico- donde algunas de las columnas, de los soportales son de una notable singularidad, como los que imitan la garra de un ave rapaz.

    También de este periodo son los soportales de la plaza del mercado (plaza Hermanos Orbón) característicos de la arquitectura del hierro. O los de la esquina de la plaza Pedro Menéndez y La Muralla (conocida como la del antiguo Café Colón) y que remite directamente al barrio viejo de la ciudad norteamericana de Nueva Orleans o a la plaza de Armas de Iquitos, en Perú.

    Los soportales de Avilés, artísticamente, atrapan. Si no que se lo pregunten a directores de cine desde Gonzalo Suárez o José Luis Garci hasta llegar Woody Allen, que realizó varias tomas en Galiana, aunque finalmente no las incluyó en su película ‘Vicky Cristina Barcelona’.

    Con Fernando Fernán-Gómez, anduve subiendo y bajando Galiana y llaneando por Rivero, repetidamente. Siempre bajo soportales, que para él eran como enormes decorados teatrales errantes por el tiempo.

    -Estamos caminando por un siglo cambiado, Alberto, y eso es muy grande.

    Recuerdo otra ocasión, con Eusebi Casanelles, presidente, entonces, del poderoso Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (Ticcih). Fue un paseo mañanero y lluvioso que nos obligó a comprar paraguas, porque Casanelles, fascinado, se negaba al refugio (lógica meteorológica) del soportal con el criterio de que entonces no podría admirar el soportal (lógica estética).

    En Avilés, de tanto convivir con ellos, olvidamos que son un referente emblemático, una suerte arquitectónica singular que cose casas en calles y plazas.

    Son la sal del Avilés monumental.


(Episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’, el 31 de julio de 2011)

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El muy alabado y artístico ‘Parche’ de la villa de Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 10-08-2014

La plaza de España, corazón del conjunto histórico-artístico avilesino, es conocida coloquialmente  por los propios del lugar como El Parche, para asombro de los extraños.

Es el kilómetro cero de Avilés. Se tienen escrito excelencias sobre ella y todas coinciden en su monumentalidad, que algunos llevan al extremo de calificarla como una de las plazas mayores más destacadas de España. Por su tipismo, por su paisaje y por su paisanaje.

Uno de los más universales directores cinematográficos españoles, Carlos Saura, la tiene fotografiada en su actual exposición ‘Luz’ -en el Centro Niemeyer- acompañada del siguiente texto: «La primera vez que vine a Avilés, vi que la plaza de España, amplia y generosa, era el cruce de caminos donde confluía la vida de la ciudad. Su luz y sus gentes son un placer para mi mirada».

Juan Cueto Alas, en su ‘Guía secreta de Asturias’ escribe que «si lo primero que viéramos de la villa avilesina fuera esta vetusta plaza, a buen seguro creeríamos que nos habíamos equivocado de siglo, o que estaban rodando una película de ambiente renacentista».parche. el muy alabado y artistico parche de aviles.el comercio El muy alabado y artístico Parche de la villa de Avilés

Sin embargo, para los habitantes de Avilés esta plaza es: el Parche. Por la sencilla razón de que un día una obra urbana, aquí realizada, fue calificada por el personal como una chapuza, o sea: como un parche. Cosa que merece una explicación, porque de ninguna forma es un parche mayúsculo, si no que es un Parche con mayúscula. Es algo de lo más entrañable de Avilés.

El origen de El Parche -o sea, de la plaza de España- está en el siglo XVII, cuando la mayor parte de la Villa de Avilés (excepto el Sabugo marinero y un arrabal llamado del Ribero) vivía protegida por una muralla medieval que la defendía, pero que por aquel siglo ya la empezaba a asfixiar.

Las edificaciones, consecuencia del aumento de población, en el interior del recinto amurallado habían llegado al límite. Así que fue necesario construir fuera de la cerca, y se hizo hacia el sur, que por el norte estaban las marismas y la mar. Y así nacieron la plaza de España, con tres palacios de una tacada (el municipal, Ferrera, y García Pumarino o Llano Ponte) y dos colosales calles (Galiana y Rivero).

Contemplada hoy, la plaza es de una asimetría fascinante, que ordena los espacios callejeros con una armonía que es la leche: dos calles de procedencia medieval, dos barrocas y dos modernistas.

Desde su nacimiento ha tenido distintos nombres: Plaza de Fuera de la Villa, Mayor, de la Constitución, de España… pero la gente -erre que erre- sigue llamándola El Parche, desde que el Ayuntamiento de Avilés, en tiempos del mandato del alcalde José Cueto (1891-1894) decidió duplicar la superficie del pavimento ante el palacio municipal, para procurarle al personal un paseo más cómodo y también que la banda de música tuviera mejor asentamiento en los conciertos que ofrecía los domingos en la plaza (el quiosco del parque del Muelle estaba, entonces, en construcción).IMG 9229 300x225 El muy alabado y artístico Parche de la villa de Avilés

El ‘histórico’ acuerdo fue tomado en sesión del 6 de octubre de 1893, presidida por el teniente de Alcalde, Juan Rodríguez, por ausencia de José Cueto, que pachucho el hombre, había ido a tomar «los baños de las aguas de Sobrón».

Aquel añadido del firme, sacó de quicio a la ciudadanía que se cabreó lo suyo con aquel pegote, inadmisible en la plaza. Aquello era una alcaldada, aquello ¡era un parche!

Y tal fuerza tuvo el rechazo, que los ecos de aquella rebeldía quedaron grabados hasta hoy en el léxico geográfico local. Es una tan curiosa, como histórica, anécdota que ha transmutado a mayúscula (Parche) el término peyorativo en minúsculas (parche), con el que lo bautizaron los indignados ciudadanos. Que indignados siempre los hubo -y a esgaya- desde Adán y Eva hasta José Cueto; y de José Cueto a Pilar Varela ni te digo, que llegaron a montar, el otro día, campamento y oficina en El Parche.

Pero a lo que íbamos: es casi seguro que -dado lo descaradas que son las costumbres populares y lo condenadamente tercas que son las tradiciones- a la plaza de España de Avilés se la siga conociendo como El Parche por los siglos de los siglos.

Amén.

(Episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’, el 19 de junio de 2011)

 

El túnel del tiempo literario en Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 03-08-2014

En un visto y no visto, pasas de hoy a anteayer y luego vuelves a mañana para regresar al presente sabiendo que puedes meterte, en cualquier momento, en el siglo XII y pasar al XXI sin intermedio. Eso viene a ser La Ferrería, la histórica calle de Avilés, una de las más antiguas del norte de España.

Pasear por ella es introducirse en el túnel del tiempo, al que llevan sus edificios, sus vecinos de ayer y hoy, y su ordenación urbana cargada de siglos. La imagen del túnel está perfectamente escenificada por sus hermosos soportales, a derecha y a izquierda, por donde discurre como un rayo la literatura. Por ejemplo.22.tunel del tiempo FOTO PRINCIPAL 204x300 El túnel del tiempo literario en Avilés

Escribo este artículo en un periódico fundado por Manuel Fernández Wes, un 26 de enero de 1908, y que domicilió su redacción y talleres, durante sesenta años, en el edificio actualmente numerado como el veintidós de esta calle. Un inmueble vecino de la antigua casona de los Solís (sede de la Cruz Roja desde 1962, pero que aún conserva en la fachada el escudo de dicha familia) y que está frente por frente a Valdecarzana, una lonja comercial de preciosa arquitectura gótica que terminó siendo palacio, entre otras cosas, y que tiene una antigüedad histórica a la carta –data del siglo XII al XV, según que fuentes– y es el actual baluarte cultural del Archivo Histórico de Avilés, aquí domiciliado desde el año 2003, cuando finalizó la rehabilitación del edificio.

Que el diario LA VOZ DE AVILÉS se hubiese instalado, al poco de su fundación –inicialmente estuvo, muy corto tiempo, en la plaza de Pedro Menéndez (espacio ocupado hoy por la confitería Santa Mónica)– y durante tanto tiempo en La Ferrería, parece lógico si uno se mete en el túnel del tiempo y sabe que el primer periódico de la historia local, ‘El Eco de Avilés’, nació a orillas de La Ferrería, en la plaza de Carlos Lobo, frente a un lateral de la antigua iglesia de San Nicolás, levantada en el siglo XII. Allí había instalado su imprenta –la primera que hubo en la Villa– el ovetense Antonio María Pruneda. El 3 de junio de 1866 lanzó el primer número del ‘Eco’, con un eco histórico que sigue resonando.

De la ‘factoría Pruneda’ (situada en los locales hoy ocupados por el ‘Dulcinea’, famoso café ‘cultural’ de la segunda mitad del pasado siglo y que me remite automáticamente a personas, como Enrique Tessier o Pepe Martínez, a los que también hay que asociar a la historia de LA VOZ) salió, en 1871, también el primer libro editado en Avilés: «Programa de Retórica y Poética, o nociones elementales de literatura preceptiva»  escrito por Cástor Álvarez Aceval (sic), uno de los pedagogos más destacados de la historia local.

Metiéndote en el túnel del tiempo, descubres que muchos años más tarde un descendiente suyo –Cástor González Álvarez (1913-2001)– abrió en el número ocho de La Ferrería una librería. Ocurrió el 28 de enero de 1958, año en que se inauguraron también el cine ‘Ráfaga’, la acería Siemens (estructura actualmente aprovechada por el industrial Daniel Alonso) y el segundo horno alto de ENSIDESA.

22.tunel del tiempo.Cástor tambien fue pimer viola de la Orquesta de Cámara de Asturias. 190x300 El túnel del tiempo literario en Avilés

Cástor González Álvarez

El establecimiento de Cástor, una exquisitez de diseño, estaba complementado por un pequeño salón de exposiciones. Fue la viva representación de la modernidad cultural en Avilés. No recuerdo un espacio, digamos instructivo–comercial, tan atractivo (duró casi treinta años) ya que, entre otras joyas, tenía la famosa colección ‘Austral’, la más universal y genuina colección de libros de bolsillo de todos los tiempos. Una maravilla que solo un personaje tan culto y sensible como Cástor (que fundamentalmente era artista plástico y músico, actividades recogidas en un magnífico libro por Ramón Rodriguez) pudo hacer posible en aquellos tiempos tan grises en todo, policía incluida.

Cástor clausuró su negocio librero en 1987, en paralelo aunque no tuviera nada que ver, con algunos de los cierres brutales de ENSIDESA –dos hornos altos, la acería LD-II y un tren de laminación– con los que, de una tacada Avilés quedaba  industrialmente, medio laminada.

La librería estaba bajo los soportales y la casa siguiente, la número 10, era la de los Carreño, de las más antiguas de Avilés. El tiempo ha dejado buena señal de ello en su fachada, donde apenas se adivina un escudo entre el primero y el segundo piso. Allí vivieron generaciones de dicha familia, entre las que me choca mucho el matrimonio formado, en el siglo XIX, por Pantaleón Carreño y Dominica Valdés que tuvieron trece hijos, de los que cuatro ( Eduardo, Feliciano, Pedro y Eladio) fueron emigrantes, que además dejaron su estela en libros de ciencias, enseñanza y poesía. Feliciano, que anduvo por las Américas, reunió además una fabulosa biblioteca, en la que se incluían libros editados en los entonces jovencísimos Estados Unidos de América y que su hermano Pedro –a quien la había dejado en herencia– donó, más tarde, a la Escuela de Artes y Oficios, donde fue mal ‘archivada’ y muchos años más tarde (febrero de 2014) –otro viaje en el túnel del tiempo– fue descubierta en el cuarto de los trastos de dicho centro.

Vean pues, que La Ferrería es calle literaria, por activa o por pasiva. Hoy está adornada con un edificio ‘universitario’, utilizado para cursos exprés y conferencias, que es la mínima concesión que se le sacó a la Universidad de Oviedo.

Por La Ferrería gustaba de pasear Armando Palacio Valdés (1853–1938) , cuando, en sus estancias veraniegas y a la caída de la tarde, salía del hotel ‘La Serrana’ (que hacía esquina al final de la calle) y recogía, en el portal número 31 de La Ferrería, a su amigo Estanislao Sánchez-Calvo (1842–1895), uno de los más destacados filósofos asturianos (especie en extinción) y paseaban la calle de arriba abajo con esporádicas incursiones por Rivero y Galiana. A veces, cuando se sacudía la pereza para coger el tren, desde Oviedo, acudía para vagar con ellos, Leopoldo Alas «Clarín» (1852–1901), que le tenía mucha querencia a La Ferrería.

Me tiene dicho Caballero Bonald, paseando por ella en 1983, que es calle más de novelistas que de poetas. De hecho fueron las únicas palabras que pronunció durante el trayecto por dicha calle.

Pero donde hay una mina literaria es en el palacio de Valdecarzana –también lugar de nacimiento del novelista Juan Ochoa (1864-1899)– donde se custodian, aparte de una valiosa documentación diplomática, los libros de actas del concejo de Avilés, desde 1479 hasta la segunda mitad del siglo XX. Personalmente me llama la atención la literatura –escondida para muchos– de los amanuenses (germen de lo que hoy son los secretarios municipales), reflejando en ocasiones y en rocambolescas síntesis –a veces magistrales– los, en tantas ocasiones enrevesados cuando no ‘divertidos’, acuerdos concejiles.

Un modo de dar fe haciendo, a veces ya digo, literatura a pulso de caligrafía. Algo que mandaron al carajo la electrónica y la informática, que hoy lo copan todo.

Menos el buen vino, el ingenio, la alegría y la honradez.

La Ladrona y La Deva, islas a babor de la Ría de Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 27-07-2014

Cuando la Ría de Avilés se embarca en la mar, tiene a estribor las tierras de Gauzón con sus islas del Carmen y Herbosa, mientras que a babor están La Ladrona y también La Deva, en dominios de Castrillón, comandancia marítima de Avilés.22.ISLAS . crucero y la deva. Imagen 32495 300x224 La Ladrona y La Deva, islas a babor de la Ría de Avilés

En la costa asturiana existen unas 14 islas, tan pequeñas que se las suele denominar islotes, luego hay otras, con tan poca superficie que aún formando parte de archipiélagos, también diminutos, no tienen entidad para ser singularizadas con una denominación. Y eso a pesar de que hay una bautizada como La Islona y que pudiera, por el nombre, deducirse que está en Gijón, pero es de Llanes.

De entre todas ellas destacan las dos citadas de Castrillón y por distintos motivos. Una, La Deva, porque con sus aproximadamente 500 metros de extensión y 90 de altura es la mayor isla de Asturias. Y la otra, La Ladrona, por su singularidad que ha venido generado leyendas que terminaron dando en un libro.

Ambas islas con la particularidad de tener a su derecha –perdón, a estribor– una playa adosada. La Deva tiene el mayor arenal de Asturias como es la playa del Sablón, a la que algunas publicaciones denominan, seguro que ateniéndose a normas geológicas, con el horrible nombre de playón. Mientras La Ladrona tiene a su vera la de Santa María del Mar.

La Ladrona es isla a tiempo parcial y de propiedad privada. Cuando baja la marea queda comunicada con tierra costera. Tan evidente y palpable es la unión que, en la bajamar, que tienen llevado hasta a ella a las ovejas para que pastasen, en la isla, el tiempo que dejaba la mar hasta que comenzaba a subir. Esto recuerda a la desaparecida (fue merendada por una draga en los años 40) isla de San Balandrán, de la Ría de Avilés, donde pastaban vacas que tenían paso franco desde tierra en la bajamar, lo que a mi entender le quitaba el halo de romanticismo que generaba nombre tan potentemente mítico.

Y hay otra cosa que une, en el recuerdo, a San Balandrán con La Ladrona y es que ésta última tiene (cosa que merece la pena ver) un bufón que se puede apreciar con las pleamares grandes o las marejadas fuertes. Con el bufón en acción La Ladrona se asemeja –expulsando chorros de agua por su parte alta– a una ballena, cetáceo que la leyenda identifica como una de las manifestaciones de la isla errante de San Balandrán aquella que aparecía y desaparecía en la profundidad de los mares.

La ballena empedrada que es La Ladrona de Santa María del Mar,  también cuenta con una galería submarina que la atraviesa de este a oeste, así como  una cueva de dimensiones considerables, elementos que dan mucho de si para la imaginación. Por ejemplo, circularon leyendas de que atraía cadáveres de ahogados, lo que dio lugar a que fuera bautizada como Ladrona. Y no paró ahí la cosa, porque afirmaban que un calamar gigante –oculto en la cueva– atrapaba a la gente, cosa que tiene su sentido ya que cerca de aquí está el Cañón de Avilés, donde parece ser que habitan los calamares más grandes del mundo. Lo de los cadáveres es verdad, pero es debido a que las corrientes arrastran hasta el inocente islote los cuerpos sin vida. 

Todo esto tenía que dar lugar a un libro, en este caso de narrativa infantil, escrito por Rubén Serrano titulado ‘La roca maldita’.

Y la que es de cine es La Deva, y si no preguntarle a Woody Allen que colocó a Rebecca Hall y a Javier Bardem en el faro de Avilés, con La Deva al fondo. Aparte de que casi todos los documentales generalistas sobre Asturias la incluyen como imagen destacadas.

Su nombre proviene de una divinidad prerromana asociada con el culto al agua y es una isla muy visible por tierra, mar y aire. Por tierra (desde la turística Senda Norte), por mar (por motivos obvios) y por aire porque que está situada, prácticamente, a los pies del Aeropuerto de Asturias. A la fuerza tenía que trascender y así La Deva tiñó con su nombre bendito lugares dedicados al ocio y a la  educación, bautizando un jardín público en Salinas (parque de La Deva) o un centro educativo en Piedras Blancas (Instituto de Enseñanza Secundaria Isla de La Deva).

La Deva, junto con la playa de Bayas que tiene a un costado, es un conjunto que ha sido declarado Monumento Natural. Adviértase la singularidad, bañada de connotaciones eróticas, de las islas castrillonenses, y por extensión avilesinas: La Ladrona es transformista, ya que muda de ínsula a península (y viceversa) al ritmo mareante de las mareas, y La Deva que, aparte del Sablón, tiene enfrente la nudista playa de Requexinos, abrigada solamente por la vegetación.

Si esto lo hubiesen pillado Azcona y Berlanga hubiesen hecho maravillas fílmicas.

 


La fuente de los caños de San Francisco

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 20-07-2014

Cuando la fuente de los caños de San Francisco entró en servicio, entre siglos XVI y XVII, junto con la de los caños de San Nicolás, ya existía desde hacía años la de La Cámara, y también en Sabugo, pero no la de los caños de Rivero, que aún tardaría años en construirse.

Y puesto que la fuente de La Cámara que da nombre a dicha calle –y que estuvo ubicada en lo que hoy es el cruce de ésta con la de San Bernardo– fue sustituida por casas y cosos. Y dado, también, que la de San Nicolás, en principio situada en la calle La Ferrería, a los pies de la histórica iglesia (hoy conocida como ‘La de los Padres’), fue trasladada en 1891 al [entonces en construcción] parque El Muelle donde estuvo hasta 1915, año en el que fue retirada y nunca más se supo… Hemos de convenir en que la única fuente monumental que queda, de aquellos tiempos en que se extendió el arte barroco por Avilés –en forma de calles, palacios y fuentes– es la de los caños de San Francisco, uno de los principales símbolos del potencial artístico de Avilés. Y quien habla con símbolos habla con mil idiomas, decía Jung.22.caños San Francisco. sello Caños de San Francisco y escudo de Aviles 300x224 La fuente de los caños de San Francisco

La monumental fuente –un icono del casco histórico– ha sobrevivido a parciales destrozos de descerebrados, a grafitis de gilipollas anónimos y también a brutalidades oficiales, como la llevada a cabo a finales del pasado siglo y desde instancias municipales, cuando para limpiarla se utilizaron materiales abrasivos que dañaron gravemente el escudo central dejándolo irreconocible.

Pero ahí sigue con sus cicatrices, produciendo un efecto imán tanto en cámaras de particulares como en las de teles nacionales y extranjeras. Antes, uno de los elementos más resaltado de Avilés resultaban ser sus mascarones, con su gastado escudo por sombrero, arrojando agua por un tubo de metal. La perfecta simetría y vitalidad del conjunto, ejercía –hoy con menos fuerza– un hechizo al que no escaparon directores de cine como José Luis Borau en 1984: “Menudo símbolo que tenéis aquí, oye” o, en 1987, Pedro Almodóvar: “Que alucine de imágenes, Alberto, hasta tienen connotaciones sexuales”.

Este monumento singular, es producto de una de las más grandes obras públicas de la historia de Avilés: la traída de aguas a la villa –realizada a finales del siglo XVI– desde el manantial de Valparaíso. Aunque sabemos que en 1488 (según acta del Concejo de Avilés del 12 de septiembre de ese año), ya existía, y procedente también de aquel lugar de Miranda, una canalización aunque muy rudimentaria y a cielo abierto. A claras luces insalubre, por lo que se acometió esta gran obra.

22.CAÑOS SAN FRANCISCO finles del siglo XX1 223x300 La fuente de los caños de San Francisco

La fuente, a finales del siglo XX

No hay unanimidad, entre los estudiosos locales en esta materia, en cuanto a la entrada en servicio de los caños de San Francisco. Para Enrique Tessier el nacimiento ocurrió entre los años 1593 y 1595, mientras que para Justo Ureña fue en 1617. Sin embargo, Francisco Mellén señala a 1595 como el año final de la obra que, además, adjudica al maestro cantero Pedro de la Bárcena Hoyo.

Construida con material de la cantera de Bustiello y piedra arenisca, consta de un frontal del que surgen seis cabezas humanas que manan el agua hacia un pilón rectangular que adopta forma ovalada en su centro. Por encima de tres de las cabezas figuran elementos heráldicos: en los laterales, dos escudos de Avilés, y en el centro, el de armas del reino de España. Los avilesinos estuvieron años sirviéndose del agua de esta fuente para su uso doméstico y por las mismas el pilón cumplía la función de abrevadero para el ganado.

El monumento incluso generó coplas, por ejemplo cuando con motivo de su traslado, ya que se cambió de emplazamiento en 1867 hasta colocarla donde está ahora al regularizar los terrenos de la campa de la iglesia. Entonces era alcalde Simón Fernández Perdones, hombre controvertido y de fuerte carácter, y quizá por esto y por aquello surgió la copla popular:

«Don Simón se fue a bañar

a los caños de San Francisco

y los frailes repicaron

creyendo que era el Obispo.»

22.CAÑOS SAN FRANCISCO sin caños .CIMG4081 300x225 La fuente de los caños de San Francisco

La fuente, en 2014.

Y aparte de coplas, también de copias. El monumento sedujo, en 2005, a una delegación de la ciudad norteamericana de San Agustín de La Florida (hermanada con Avilés), hasta el punto de solicitar una reproducción de la fuente, cosa que el Ayuntamiento avilesino realizó en moldes de silicona y fibra de vidrio y les envió como regalo. O sea que se puede decir, y con toda propiedad, que exportamos monumentos, ya que una réplica de los caños de San Francisco luce, actualmente, en la ciudad americana y frente a su edificio consistorial.

A la original, la de Avilés, la han rodeado de árboles (el bosque de San Francisco) y lo peor: de unos aterradores sarcófagos de cemento. También hay que decir que en 2009 afortunadamente se repararon daños en el monumento, pero resulta que ahora apenas mana agua y además no se entiende porqué coño han dejado sin caños a la fuente de los caños de San Francisco. Y no es coña. Que la han capado y hay que denunciarlo.

Esta es una fuente por la que merece la pena mojarse.

Jovellanos en Avilés, un día como hoy, pero hace la tira

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 13-07-2014

(Este relato está basado en los ‘Diarios’ del escritor, jurista y político asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), uno de los hombres más importantes de España, en su época).

 

Mientras se afeitaba, aquel domingo veraniego en su casa de Gijón, Gaspar Melchor de Jovellanos, se fue calmando después de la ajetreada mañana que tuvo para poder cumplir con el precepto religioso dominical. La misa del alba se retrasó más de dos horas y por una o por otra cosa, nada menos que «hasta los tres cuartos para las seis».

Cumplido el rasurado, vistiose para la ocasión y una vez desayunado su habitual chocolate, cogió su diario de notas, lo introdujo en su bolsa de viaje y salió al patio, donde ya le habían preparado el caballo. Eran las 7.30 horas, del domingo 13 de julio de 1794, cuando ‘Jovino’ –pseudónimo que gustaba utilizar en sus creaciones poéticas– puso rumbo a Avilés, «en una hermosa mañana».

El viaje transcurrió por terreno del «valle de Carreño, el lugar de Tamón, y sobre todo, el de  Villalegre, de lo mejor de Asturias». Llegó a las 11.30 a Avilés, haciendo su entrada por la calle Rivero donde pudo apreciar que –desde su último viaje, hacía ya dos años– se habían efectuado grandes reformas. Luego le contarían que Juan de Llano Ponte, obispo de Oviedo, propietario del palacio que había en dicha calle, había ofrecido al Ayuntamiento avilesino empedrar la calle a sus expensas, así como obras de alcantarillado y otras reformas, a cambio de ensancharla, eliminando los soportales de un lado, que impedían el paso de carruajes.

Jovellanos, entró en la villa amurallada hasta llegar al palacio de su amigo, el marqués de Camposagrado, donde pasaría dos días.22.JOVELLANOS. Camposagrado. postal coloreada. 300x194 Jovellanos en Avilés, un día como hoy, pero hace la tira

Instalado allí recibió, casi inmediatamente, la visita de varios amigos avilesinos, entre ellos Macua y Pugmarino (sic), y donde hay que imaginarse que hablarían de lo que pasaba por el mundo, en aquel año de 1794, por noticias intermitentes que proporcionaban viajeros incansables, de la Revolución Francesa que convulsionaba a toda Europa, de la ‘extraña’ de que fuesen públicas las sesiones del senado de los Estados Unidos de América, un nuevo y enorme país que había sido colonia inglesa. Hablarían de la Asturias empobrecida y aislada –donde hoy, con la perspectiva que da el tiempo, es evidente que había poca gente de la talla intelectual de este gran Jovellanos el gran modernizador de su región– y también, claro, hablarían de Avilés. La villa, contaba entonces con cerca de mil habitantes, fue noticia porque se habían registrado graves incidentes por la impopularidad del reclutamiento para la guerra contra la Francia republicana, hasta el punto de que la oposición popular impidió que se pudiese llevar a efecto la talla de los soldados.

Después de la siesta que Jovellanos nunca perdonaba pasó un buen rato asomado a la espectacular galería norte del palacio Camposagrado, a pie del puerto avilesino. Contempló, a la izquierda, el gran terreno (lugar hoy ocupado por la plaza del mercado o Hnos. Orbón) donde estaban instaladas las aceñas. Salió a dar una vuelta por la villa, cumpliendo con visitas a casas de conocidos, y sobre todo a pasear por el viejo puente de piedra de San Sebastián (el metálico no se construiría hasta 1893), que le daba perspectivas de la ría avilesina, que le tenía –como no– fascinado.

Así transcurrió la tarde del domingo y la mañana del lunes. Pero por la tarde de ese día, se puso a trabajar en lo suyo que era conocer y valorar la realidad, que luego plasmaba en sus históricos ‘Diarios’. Así que junto con varios amigos, tomaron rumbo a San Cristóbal de Entreviñas, llegando hasta las alturas donde se divisa el mar al fondo, y abajo el Peñón de Raíces «La montaña de la Garita (…) toda cortada perpen­dicularmente (…) prueba, a mi ver, que algún día batió el mar esta monta­ña, y robando su cimiento, causó los grandes derrumbamientos perpendiculares que se ven en ella por todas partes».

222.JOVELLANOS. mejor el otro cuadrod. mas definido. 640px Francisco de Goya y Lucientes   Gaspar Melchor de Jovellanos1 190x300 Jovellanos en Avilés, un día como hoy, pero hace la tira

Retrato que Goya hizo de Jovellanos.

Y a continuación avanza la teoría del volcán, ya que «en la formación de esta montaña de la Garita, tan sin­gular en su especie (…) se ve una gran hendidura, que puede señalar la boca del cráter, pues aunque su forma es oblonga, pudo tomarla del curso de las aguas que allí se acumulan. No pudieron rodarse estas piedras en ningún río; creer la montaña efecto del diluvio, tampoco es fácil. No fué difícil que alguna antigua playa del mar estuviese, como otras, cubierta de este guijo; que levantada de esta inmensa super­ficie por la erupción de algún volcán, se fuesen depositando las materias que la formaron, cayendo, según su gravedad, más o me­nos lentamente. Si esto fué así, sin duda precedió muchísimos si­glos a la construcción del castillo de Gozón» donde Jovellanos está totalmente convencido que estuvo en el cerro del Castiello (Peñón de Raíces).

Bajan los viajeros a la vega de Raíces, donde estuvieron los monjes Mercedarios que se fueron al convento de La Merced en Avilés. El grupo se divide y mientras unos van al gran arenal (playa del Espartal), Jovellanos junto con Ramón Ovies y Gonzalo Muñiz (cura de La Magdalena) suben por un camino penoso al cerro, que inspeccionan meticulosamente.

«Re­conocimos en diferentes sitios los cimientos de obra antigua, que continúan en derredor toda la circunferencia de su altura; tiene sólo una subida; lo demás, escarpado, y cortado perpendicular­mente a mano, por la mayor parte en una peña de grano (…) Bien observado todo, parece que el antiguo castillo pudo haber tenido su cava o foso de agua, y que su puente levadizo y única entrada sería por la parte que dijimos del camino de Raíces».

También contemplan, desde allí, la zona de Nieva, terreno que intriga a Jovellanos por los misterios que encierra. Por ejemplo escribe que «En él dicen que hay un sitio alto, llamado el Monumento, y vul­garmente Molimentu, que sin duda viene de munimentum, y sería al­guna antigua fortificación romana. Debajo de él, hay otro sitio lla­mado la Clica. ¿No podría venir de crike, y derivarse de alguna má­quina que hubiese para atracar los navios o ayudar a su descarga?»

A la mañana siguiente, martes, junto con José Prada (Alférez de Navío)  inspecciona esa zona de Nieva, junto con San Juan y la iglesia de Laviana y «la playa de Chagón (hoy Xagó o Xagón)».

Regresan a Avilés para que el marqués de Camposagrado le acompañe a los antiquísimos molinos de aceñas, cuya fuerza motriz son las mareas «Llénanse en la pleamar, pero empiezan a media marea y muelen por espacio de cinco o seis horas». O sea que las aceñas ya no eran productivas para los tiempos que corrían (terminarían desapareciendo cuando, 70 años más tarde, desecaron la marisma, donde se asentaban, y cubrieron el río Tuluergo, para construir la gran manzana de casas que hoy alberga el mercado avilesino).

Luego visita ‘Jovino’ la tumba de Pedro Menéndez y toma detallada nota de las inscripciones, tanto de ella como del resto de enterramientos de la histórica iglesia de San Nicolás (hoy conocida como ‘La de los Padres’).

Y se acabó por este viaje. Jovellanos hizo un total de cuatro (serán episodio aparte) viajes a Avilés que, al menos, hayan quedado reflejados en sus ‘Diarios’, porque se cree que vino en más ocasiones.

«Despedida. Monto a caballo y me acompaña Prada. Todo el camino de mucho y excelente guijo; pudiera construirse un cami­no nuevo y magnífico a poca costa. Paréceme que con 300.000 reales se harían las cuatro leguas cortas, que hay a Gijón». Años más tarde, por ahí iría gran parte de la carretera GijónAvilés.

Gaspar Melchor de Jovellanos –bautizado como Baltasar Melchor Gaspar María de Jove Llanos y Ramírez– fue un ilustre ilustrado de mucho lustre.


Alberto del Río Legazpi
Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta

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