Los kilométricos y, generalmente, artísticos soportales de Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 17-08-2014

 En rigurosa descripción académica, soportal es un espacio exterior cubierto, construido junto a un edificio, cuya estructura se sujeta con columnas y precede a las entradas principales; generalmente rodea una plaza o recorre una calle.

El soportal permitía, cuando no había electricidad, trabajar a los artesanos delante de sus talleres, resguardados de lluvia o sol. Lo mismo que a los vendedores de productos del campo, cuando el mercado de Avilés se desparramaba por todo el casco histórico de la ciudadela amurallada.

Nuestro mérito, contra lo que ha ocurrido en otros lados, está en haber sabido, querido y podido, conservarlos, a lo largo de los siglos.

Un paseo por calles y plazas de Avilés demuestra la calidad y cantidad de los soportales que hemos recibido -colosal herencia- de tiempos pasados y que seguimos incrementando.

Suman más de tres kilómetros, entre antiguos y modernos. Y adoptan gran cantidad de formas, colores y estilos.

Los más antiguos son los que pertenecen a las calles de La Ferrería, Bances Candamo, Galiana, Rivero, plaza de España, y Carbayedo. Algunos, situados en la calle Bances Candamo, en el barrio de Sabugo, puede que sean incluso anteriores al siglo XVII, que fue cuando Avilés empezó a crecer fuera de la murallas, lo que dio origen a la plaza de España y las calles de Rivero y Galiana. Un apoteósico conjunto soportalado.

01 300x200 Los kilométricos y, generalmente, artísticos soportales de Avilés

Entre finales del siglo XIX y principios del XX, Avilés dio otro estirón urbano muy notable. De entonces son los de la calle San Francisco -cuyos edificios son un magnífico muestrario arquitectónico- donde algunas de las columnas, de los soportales son de una notable singularidad, como los que imitan la garra de un ave rapaz.

También de este periodo son los soportales de la plaza del mercado (plaza Hermanos Orbón) característicos de la arquitectura del hierro. O los de la esquina de la plaza Pedro Menéndez y La Muralla (conocida como la del antiguo Café Colón) y que remite directamente al barrio viejo de la ciudad norteamericana de Nueva Orleans o a la plaza de Armas de Iquitos, en Perú.

Los soportales de Avilés, artísticamente, atrapan. Si no que se lo pregunten a directores de cine desde Gonzalo Suárez o José Luis Garci hasta llegar Woody Allen, que realizó varias tomas en Galiana, aunque finalmente no las incluyó en su película ‘Vicky Cristina Barcelona’.

Con Fernando Fernán-Gómez, anduve subiendo y bajando Galiana y llaneando por Rivero, repetidamente. Siempre bajo soportales, que para él eran como decorados teatrales errantes por el tiempo.

-Estamos caminando por un siglo cambiado, Alberto, y eso es muy grande.

Recuerdo otra ocasión, con Eusebi Casanelles, presidente, entonces, del poderoso Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (Ticcih). Fue un paseo mañanero y lluvioso que nos obligó a comprar paraguas, porque Casanelles, fascinado, se negaba al refugio (lógica meteorológica) del soportal con el criterio de que entonces no podría admirar el soportal (lógica estética).

En Avilés, de tanto convivir con ellos, olvidamos que son un referente emblemático, una suerte arquitectónica singular que cose casas en calles y plazas.

Son la sal del Avilés monumental.


(Episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’, el 31 de julio de 2011)

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El muy alabado y artístico ‘Parche’ de la villa de Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 10-08-2014

La plaza de España, corazón del conjunto histórico-artístico avilesino, es conocida coloquialmente  por los propios del lugar como El Parche, para asombro de los extraños.

Es el kilómetro cero de Avilés. Se tienen escrito excelencias sobre ella y todas coinciden en su monumentalidad, que algunos llevan al extremo de calificarla como una de las plazas mayores más destacadas de España. Por su tipismo, por su paisaje y por su paisanaje.

Uno de los más universales directores cinematográficos españoles, Carlos Saura, la tiene fotografiada en su actual exposición ‘Luz’ -en el Centro Niemeyer- acompañada del siguiente texto: «La primera vez que vine a Avilés, vi que la plaza de España, amplia y generosa, era el cruce de caminos donde confluía la vida de la ciudad. Su luz y sus gentes son un placer para mi mirada».

Juan Cueto Alas, en su ‘Guía secreta de Asturias’ escribe que «si lo primero que viéramos de la villa avilesina fuera esta vetusta plaza, a buen seguro creeríamos que nos habíamos equivocado de siglo, o que estaban rodando una película de ambiente renacentista».parche. el muy alabado y artistico parche de aviles.el comercio El muy alabado y artístico Parche de la villa de Avilés

Sin embargo, para los habitantes de Avilés esta plaza es: el Parche. Por la sencilla razón de que un día una obra urbana, aquí realizada, fue calificada por el personal como una chapuza, o sea: como un parche. Cosa que merece una explicación, porque de ninguna forma es un parche mayúsculo, si no que es un Parche con mayúscula. Es algo de lo más entrañable de Avilés.

El origen de El Parche -o sea, de la plaza de España- está en el siglo XVII, cuando la mayor parte de la Villa de Avilés (excepto el Sabugo marinero y un arrabal llamado del Ribero) vivía protegida por una muralla medieval que la defendía, pero que por aquel siglo ya la empezaba a asfixiar.

Las edificaciones, consecuencia del aumento de población, en el interior del recinto amurallado habían llegado al límite. Así que fue necesario construir fuera de la cerca, y se hizo hacia el sur, que por el norte estaban las marismas y la mar. Y así nacieron la plaza de España, con tres palacios de una tacada (el municipal, Ferrera, y García Pumarino o Llano Ponte) y dos colosales calles (Galiana y Rivero).

Contemplada hoy, la plaza es de una asimetría fascinante, que ordena los espacios callejeros con una armonía que es la leche: dos calles de procedencia medieval, dos barrocas y dos modernistas.

Desde su nacimiento ha tenido distintos nombres: Plaza de Fuera de la Villa, Mayor, de la Constitución, de España… pero la gente -erre que erre- sigue llamándola El Parche, desde que el Ayuntamiento de Avilés, en tiempos del mandato del alcalde José Cueto (1891-1894) decidió duplicar la superficie del pavimento ante el palacio municipal, para procurarle al personal un paseo más cómodo y también que la banda de música tuviera mejor asentamiento en los conciertos que ofrecía los domingos en la plaza (el quiosco del parque del Muelle estaba, entonces, en construcción).IMG 9229 300x225 El muy alabado y artístico Parche de la villa de Avilés

El ‘histórico’ acuerdo fue tomado en sesión del 6 de octubre de 1893, presidida por el teniente de Alcalde, Juan Rodríguez, por ausencia de José Cueto, que pachucho el hombre, había ido a tomar «los baños de las aguas de Sobrón».

Aquel añadido del firme, sacó de quicio a la ciudadanía que se cabreó lo suyo con aquel pegote, inadmisible en la plaza. Aquello era una alcaldada, aquello ¡era un parche!

Y tal fuerza tuvo el rechazo, que los ecos de aquella rebeldía quedaron grabados hasta hoy en el léxico geográfico local. Es una tan curiosa, como histórica, anécdota que ha transmutado a mayúscula (Parche) el término peyorativo en minúsculas (parche), con el que lo bautizaron los indignados ciudadanos. Que indignados siempre los hubo -y a esgaya- desde Adán y Eva hasta José Cueto; y de José Cueto a Pilar Varela ni te digo, que llegaron a montar, el otro día, campamento y oficina en El Parche.

Pero a lo que íbamos: es casi seguro que -dado lo descaradas que son las costumbres populares y lo condenadamente tercas que son las tradiciones- a la plaza de España de Avilés se la siga conociendo como El Parche por los siglos de los siglos.

Amén.

(Episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’, el 19 de junio de 2011)

 

El túnel del tiempo literario en Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 03-08-2014

En un visto y no visto, pasas de hoy a anteayer y luego vuelves a mañana para regresar al presente sabiendo que puedes meterte, en cualquier momento, en el siglo XII y pasar al XXI sin intermedio. Eso viene a ser La Ferrería, la histórica calle de Avilés, una de las más antiguas del norte de España.

Pasear por ella es introducirse en el túnel del tiempo, al que llevan sus edificios, sus vecinos de ayer y hoy, y su ordenación urbana cargada de siglos. La imagen del túnel está perfectamente escenificada por sus hermosos soportales, a derecha y a izquierda, por donde discurre como un rayo la literatura. Por ejemplo.22.tunel del tiempo FOTO PRINCIPAL 204x300 El túnel del tiempo literario en Avilés

Escribo este artículo en un periódico fundado por Manuel Fernández Wes, un 26 de enero de 1908, y que domicilió su redacción y talleres, durante sesenta años, en el edificio actualmente numerado como el veintidós de esta calle. Un inmueble vecino de la antigua casona de los Solís (sede de la Cruz Roja desde 1962, pero que aún conserva en la fachada el escudo de dicha familia) y que está frente por frente a Valdecarzana, una lonja comercial de preciosa arquitectura gótica que terminó siendo palacio, entre otras cosas, y que tiene una antigüedad histórica a la carta –data del siglo XII al XV, según que fuentes– y es el actual baluarte cultural del Archivo Histórico de Avilés, aquí domiciliado desde el año 2003, cuando finalizó la rehabilitación del edificio.

Que el diario LA VOZ DE AVILÉS se hubiese instalado, al poco de su fundación –inicialmente estuvo, muy corto tiempo, en la plaza de Pedro Menéndez (espacio ocupado hoy por la confitería Santa Mónica)– y durante tanto tiempo en La Ferrería, parece lógico si uno se mete en el túnel del tiempo y sabe que el primer periódico de la historia local, ‘El Eco de Avilés’, nació a orillas de La Ferrería, en la plaza de Carlos Lobo, frente a un lateral de la antigua iglesia de San Nicolás, levantada en el siglo XII. Allí había instalado su imprenta –la primera que hubo en la Villa– el ovetense Antonio María Pruneda. El 3 de junio de 1866 lanzó el primer número del ‘Eco’, con un eco histórico que sigue resonando.

De la ‘factoría Pruneda’ (situada en los locales hoy ocupados por el ‘Dulcinea’, famoso café ‘cultural’ de la segunda mitad del pasado siglo y que me remite automáticamente a personas, como Enrique Tessier o Pepe Martínez, a los que también hay que asociar a la historia de LA VOZ) salió, en 1871, también el primer libro editado en Avilés: «Programa de Retórica y Poética, o nociones elementales de literatura preceptiva»  escrito por Cástor Álvarez Aceval (sic), uno de los pedagogos más destacados de la historia local.

Metiéndote en el túnel del tiempo, descubres que muchos años más tarde un descendiente suyo –Cástor González Álvarez (1913-2001)– abrió en el número ocho de La Ferrería una librería. Ocurrió el 28 de enero de 1958, año en que se inauguraron también el cine ‘Ráfaga’, la acería Siemens (estructura actualmente aprovechada por el industrial Daniel Alonso) y el segundo horno alto de ENSIDESA.

22.tunel del tiempo.Cástor tambien fue pimer viola de la Orquesta de Cámara de Asturias. 190x300 El túnel del tiempo literario en Avilés

Cástor González Álvarez

El establecimiento de Cástor, una exquisitez de diseño, estaba complementado por un pequeño salón de exposiciones. Fue la viva representación de la modernidad cultural en Avilés. No recuerdo un espacio, digamos instructivo–comercial, tan atractivo (duró casi treinta años) ya que, entre otras joyas, tenía la famosa colección ‘Austral’, la más universal y genuina colección de libros de bolsillo de todos los tiempos. Una maravilla que solo un personaje tan culto y sensible como Cástor (que fundamentalmente era artista plástico y músico, actividades recogidas en un magnífico libro por Ramón Rodriguez) pudo hacer posible en aquellos tiempos tan grises en todo, policía incluida.

Cástor clausuró su negocio librero en 1987, en paralelo aunque no tuviera nada que ver, con algunos de los cierres brutales de ENSIDESA –dos hornos altos, la acería LD-II y un tren de laminación– con los que, de una tacada Avilés quedaba  industrialmente, medio laminada.

La librería estaba bajo los soportales y la casa siguiente, la número 10, era la de los Carreño, de las más antiguas de Avilés. El tiempo ha dejado buena señal de ello en su fachada, donde apenas se adivina un escudo entre el primero y el segundo piso. Allí vivieron generaciones de dicha familia, entre las que me choca mucho el matrimonio formado, en el siglo XIX, por Pantaleón Carreño y Dominica Valdés que tuvieron trece hijos, de los que cuatro ( Eduardo, Feliciano, Pedro y Eladio) fueron emigrantes, que además dejaron su estela en libros de ciencias, enseñanza y poesía. Feliciano, que anduvo por las Américas, reunió además una fabulosa biblioteca, en la que se incluían libros editados en los entonces jovencísimos Estados Unidos de América y que su hermano Pedro –a quien la había dejado en herencia– donó, más tarde, a la Escuela de Artes y Oficios, donde fue mal ‘archivada’ y muchos años más tarde (febrero de 2014) –otro viaje en el túnel del tiempo– fue descubierta en el cuarto de los trastos de dicho centro.

Vean pues, que La Ferrería es calle literaria, por activa o por pasiva. Hoy está adornada con un edificio ‘universitario’, utilizado para cursos exprés y conferencias, que es la mínima concesión que se le sacó a la Universidad de Oviedo.

Por La Ferrería gustaba de pasear Armando Palacio Valdés (1853–1938) , cuando, en sus estancias veraniegas y a la caída de la tarde, salía del hotel ‘La Serrana’ (que hacía esquina al final de la calle) y recogía, en el portal número 31 de La Ferrería, a su amigo Estanislao Sánchez-Calvo (1842–1895), uno de los más destacados filósofos asturianos (especie en extinción) y paseaban la calle de arriba abajo con esporádicas incursiones por Rivero y Galiana. A veces, cuando se sacudía la pereza para coger el tren, desde Oviedo, acudía para vagar con ellos, Leopoldo Alas «Clarín» (1852–1901), que le tenía mucha querencia a La Ferrería.

Me tiene dicho Caballero Bonald, paseando por ella en 1983, que es calle más de novelistas que de poetas. De hecho fueron las únicas palabras que pronunció durante el trayecto por dicha calle.

Pero donde hay una mina literaria es en el palacio de Valdecarzana –también lugar de nacimiento del novelista Juan Ochoa (1864-1899)– donde se custodian, aparte de una valiosa documentación diplomática, los libros de actas del concejo de Avilés, desde 1479 hasta la segunda mitad del siglo XX. Personalmente me llama la atención la literatura –escondida para muchos– de los amanuenses (germen de lo que hoy son los secretarios municipales), reflejando en ocasiones y en rocambolescas síntesis –a veces magistrales– los, en tantas ocasiones enrevesados cuando no ‘divertidos’, acuerdos concejiles.

Un modo de dar fe haciendo, a veces ya digo, literatura a pulso de caligrafía. Algo que mandaron al carajo la electrónica y la informática, que hoy lo copan todo.

Menos el buen vino, el ingenio, la alegría y la honradez.

La Ladrona y La Deva, islas a babor de la Ría de Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 27-07-2014

Cuando la Ría de Avilés se embarca en la mar, tiene a estribor las tierras de Gauzón con sus islas del Carmen y Herbosa, mientras que a babor están La Ladrona y también La Deva, en dominios de Castrillón, comandancia marítima de Avilés.22.ISLAS . crucero y la deva. Imagen 32495 300x224 La Ladrona y La Deva, islas a babor de la Ría de Avilés

En la costa asturiana existen unas 14 islas, tan pequeñas que se las suele denominar islotes, luego hay otras, con tan poca superficie que aún formando parte de archipiélagos, también diminutos, no tienen entidad para ser singularizadas con una denominación. Y eso a pesar de que hay una bautizada como La Islona y que pudiera, por el nombre, deducirse que está en Gijón, pero es de Llanes.

De entre todas ellas destacan las dos citadas de Castrillón y por distintos motivos. Una, La Deva, porque con sus aproximadamente 500 metros de extensión y 90 de altura es la mayor isla de Asturias. Y la otra, La Ladrona, por su singularidad que ha venido generado leyendas que terminaron dando en un libro.

Ambas islas con la particularidad de tener a su derecha –perdón, a estribor– una playa adosada. La Deva tiene el mayor arenal de Asturias como es la playa del Sablón, a la que algunas publicaciones denominan, seguro que ateniéndose a normas geológicas, con el horrible nombre de playón. Mientras La Ladrona tiene a su vera la de Santa María del Mar.

La Ladrona es isla a tiempo parcial y de propiedad privada. Cuando baja la marea queda comunicada con tierra costera. Tan evidente y palpable es la unión que, en la bajamar, que tienen llevado hasta a ella a las ovejas para que pastasen, en la isla, el tiempo que dejaba la mar hasta que comenzaba a subir. Esto recuerda a la desaparecida (fue merendada por una draga en los años 40) isla de San Balandrán, de la Ría de Avilés, donde pastaban vacas que tenían paso franco desde tierra en la bajamar, lo que a mi entender le quitaba el halo de romanticismo que generaba nombre tan potentemente mítico.

Y hay otra cosa que une, en el recuerdo, a San Balandrán con La Ladrona y es que ésta última tiene (cosa que merece la pena ver) un bufón que se puede apreciar con las pleamares grandes o las marejadas fuertes. Con el bufón en acción La Ladrona se asemeja –expulsando chorros de agua por su parte alta– a una ballena, cetáceo que la leyenda identifica como una de las manifestaciones de la isla errante de San Balandrán aquella que aparecía y desaparecía en la profundidad de los mares.

La ballena empedrada que es La Ladrona de Santa María del Mar,  también cuenta con una galería submarina que la atraviesa de este a oeste, así como  una cueva de dimensiones considerables, elementos que dan mucho de si para la imaginación. Por ejemplo, circularon leyendas de que atraía cadáveres de ahogados, lo que dio lugar a que fuera bautizada como Ladrona. Y no paró ahí la cosa, porque afirmaban que un calamar gigante –oculto en la cueva– atrapaba a la gente, cosa que tiene su sentido ya que cerca de aquí está el Cañón de Avilés, donde parece ser que habitan los calamares más grandes del mundo. Lo de los cadáveres es verdad, pero es debido a que las corrientes arrastran hasta el inocente islote los cuerpos sin vida. 

Todo esto tenía que dar lugar a un libro, en este caso de narrativa infantil, escrito por Rubén Serrano titulado ‘La roca maldita’.

Y la que es de cine es La Deva, y si no preguntarle a Woody Allen que colocó a Rebecca Hall y a Javier Bardem en el faro de Avilés, con La Deva al fondo. Aparte de que casi todos los documentales generalistas sobre Asturias la incluyen como imagen destacadas.

Su nombre proviene de una divinidad prerromana asociada con el culto al agua y es una isla muy visible por tierra, mar y aire. Por tierra (desde la turística Senda Norte), por mar (por motivos obvios) y por aire porque que está situada, prácticamente, a los pies del Aeropuerto de Asturias. A la fuerza tenía que trascender y así La Deva tiñó con su nombre bendito lugares dedicados al ocio y a la  educación, bautizando un jardín público en Salinas (parque de La Deva) o un centro educativo en Piedras Blancas (Instituto de Enseñanza Secundaria Isla de La Deva).

La Deva, junto con la playa de Bayas que tiene a un costado, es un conjunto que ha sido declarado Monumento Natural. Adviértase la singularidad, bañada de connotaciones eróticas, de las islas castrillonenses, y por extensión avilesinas: La Ladrona es transformista, ya que muda de ínsula a península (y viceversa) al ritmo mareante de las mareas, y La Deva que, aparte del Sablón, tiene enfrente la nudista playa de Requexinos, abrigada solamente por la vegetación.

Si esto lo hubiesen pillado Azcona y Berlanga hubiesen hecho maravillas fílmicas.

 


La fuente de los caños de San Francisco

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 20-07-2014

Cuando la fuente de los caños de San Francisco entró en servicio, entre siglos XVI y XVII, junto con la de los caños de San Nicolás, ya existía desde hacía años la de La Cámara, y también en Sabugo, pero no la de los caños de Rivero, que aún tardaría años en construirse.

Y puesto que la fuente de La Cámara que da nombre a dicha calle –y que estuvo ubicada en lo que hoy es el cruce de ésta con la de San Bernardo– fue sustituida por casas y cosos. Y dado, también, que la de San Nicolás, en principio situada en la calle La Ferrería, a los pies de la histórica iglesia (hoy conocida como ‘La de los Padres’), fue trasladada en 1891 al [entonces en construcción] parque El Muelle donde estuvo hasta 1915, año en el que fue retirada y nunca más se supo… Hemos de convenir en que la única fuente monumental que queda, de aquellos tiempos en que se extendió el arte barroco por Avilés –en forma de calles, palacios y fuentes– es la de los caños de San Francisco, uno de los principales símbolos del potencial artístico de Avilés. Y quien habla con símbolos habla con mil idiomas, decía Jung.22.caños San Francisco. sello Caños de San Francisco y escudo de Aviles 300x224 La fuente de los caños de San Francisco

La monumental fuente –un icono del casco histórico– ha sobrevivido a parciales destrozos de descerebrados, a grafitis de gilipollas anónimos y también a brutalidades oficiales, como la llevada a cabo a finales del pasado siglo y desde instancias municipales, cuando para limpiarla se utilizaron materiales abrasivos que dañaron gravemente el escudo central dejándolo irreconocible.

Pero ahí sigue con sus cicatrices, produciendo un efecto imán tanto en cámaras de particulares como en las de teles nacionales y extranjeras. Antes, uno de los elementos más resaltado de Avilés resultaban ser sus mascarones, con su gastado escudo por sombrero, arrojando agua por un tubo de metal. La perfecta simetría y vitalidad del conjunto, ejercía –hoy con menos fuerza– un hechizo al que no escaparon directores de cine como José Luis Borau en 1984: “Menudo símbolo que tenéis aquí, oye” o, en 1987, Pedro Almodóvar: “Que alucine de imágenes, Alberto, hasta tienen connotaciones sexuales”.

Este monumento singular, es producto de una de las más grandes obras públicas de la historia de Avilés: la traída de aguas a la villa –realizada a finales del siglo XVI– desde el manantial de Valparaíso. Aunque sabemos que en 1488 (según acta del Concejo de Avilés del 12 de septiembre de ese año), ya existía, y procedente también de aquel lugar de Miranda, una canalización aunque muy rudimentaria y a cielo abierto. A claras luces insalubre, por lo que se acometió esta gran obra.

22.CAÑOS SAN FRANCISCO finles del siglo XX1 223x300 La fuente de los caños de San Francisco

La fuente, a finales del siglo XX

No hay unanimidad, entre los estudiosos locales en esta materia, en cuanto a la entrada en servicio de los caños de San Francisco. Para Enrique Tessier el nacimiento ocurrió entre los años 1593 y 1595, mientras que para Justo Ureña fue en 1617. Sin embargo, Francisco Mellén señala a 1595 como el año final de la obra que, además, adjudica al maestro cantero Pedro de la Bárcena Hoyo.

Construida con material de la cantera de Bustiello y piedra arenisca, consta de un frontal del que surgen seis cabezas humanas que manan el agua hacia un pilón rectangular que adopta forma ovalada en su centro. Por encima de tres de las cabezas figuran elementos heráldicos: en los laterales, dos escudos de Avilés, y en el centro, el de armas del reino de España. Los avilesinos estuvieron años sirviéndose del agua de esta fuente para su uso doméstico y por las mismas el pilón cumplía la función de abrevadero para el ganado.

El monumento incluso generó coplas, por ejemplo cuando con motivo de su traslado, ya que se cambió de emplazamiento en 1867 hasta colocarla donde está ahora al regularizar los terrenos de la campa de la iglesia. Entonces era alcalde Simón Fernández Perdones, hombre controvertido y de fuerte carácter, y quizá por esto y por aquello surgió la copla popular:

«Don Simón se fue a bañar

a los caños de San Francisco

y los frailes repicaron

creyendo que era el Obispo.»

22.CAÑOS SAN FRANCISCO sin caños .CIMG4081 300x225 La fuente de los caños de San Francisco

La fuente, en 2014.

Y aparte de coplas, también de copias. El monumento sedujo, en 2005, a una delegación de la ciudad norteamericana de San Agustín de La Florida (hermanada con Avilés), hasta el punto de solicitar una reproducción de la fuente, cosa que el Ayuntamiento avilesino realizó en moldes de silicona y fibra de vidrio y les envió como regalo. O sea que se puede decir, y con toda propiedad, que exportamos monumentos, ya que una réplica de los caños de San Francisco luce, actualmente, en la ciudad americana y frente a su edificio consistorial.

A la original, la de Avilés, la han rodeado de árboles (el bosque de San Francisco) y lo peor: de unos aterradores sarcófagos de cemento. También hay que decir que en 2009 afortunadamente se repararon daños en el monumento, pero resulta que ahora apenas mana agua y además no se entiende porqué coño han dejado sin caños a la fuente de los caños de San Francisco. Y no es coña. Que la han capado y hay que denunciarlo.

Esta es una fuente por la que merece la pena mojarse.

Jovellanos en Avilés, un día como hoy, pero hace la tira

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 13-07-2014

(Este relato está basado en los ‘Diarios’ del escritor, jurista y político asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), uno de los hombres más importantes de España, en su época).

 

Mientras se afeitaba, aquel domingo veraniego en su casa de Gijón, Gaspar Melchor de Jovellanos, se fue calmando después de la ajetreada mañana que tuvo para poder cumplir con el precepto religioso dominical. La misa del alba se retrasó más de dos horas y por una o por otra cosa, nada menos que «hasta los tres cuartos para las seis».

Cumplido el rasurado, vistiose para la ocasión y una vez desayunado su habitual chocolate, cogió su diario de notas, lo introdujo en su bolsa de viaje y salió al patio, donde ya le habían preparado el caballo. Eran las 7.30 horas, del domingo 13 de julio de 1794, cuando ‘Jovino’ –pseudónimo que gustaba utilizar en sus creaciones poéticas– puso rumbo a Avilés, «en una hermosa mañana».

El viaje transcurrió por terreno del «valle de Carreño, el lugar de Tamón, y sobre todo, el de  Villalegre, de lo mejor de Asturias». Llegó a las 11.30 a Avilés, haciendo su entrada por la calle Rivero donde pudo apreciar que –desde su último viaje, hacía ya dos años– se habían efectuado grandes reformas. Luego le contarían que Juan de Llano Ponte, obispo de Oviedo, propietario del palacio que había en dicha calle, había ofrecido al Ayuntamiento avilesino empedrar la calle a sus expensas, así como obras de alcantarillado y otras reformas, a cambio de ensancharla, eliminando los soportales de un lado, que impedían el paso de carruajes.

Jovellanos, entró en la villa amurallada hasta llegar al palacio de su amigo, el marqués de Camposagrado, donde pasaría dos días.22.JOVELLANOS. Camposagrado. postal coloreada. 300x194 Jovellanos en Avilés, un día como hoy, pero hace la tira

Instalado allí recibió, casi inmediatamente, la visita de varios amigos avilesinos, entre ellos Macua y Pugmarino (sic), y donde hay que imaginarse que hablarían de lo que pasaba por el mundo, en aquel año de 1794, por noticias intermitentes que proporcionaban viajeros incansables, de la Revolución Francesa que convulsionaba a toda Europa, de la ‘extraña’ de que fuesen públicas las sesiones del senado de los Estados Unidos de América, un nuevo y enorme país que había sido colonia inglesa. Hablarían de la Asturias empobrecida y aislada –donde hoy, con la perspectiva que da el tiempo, es evidente que había poca gente de la talla intelectual de este gran Jovellanos el gran modernizador de su región– y también, claro, hablarían de Avilés. La villa, contaba entonces con cerca de mil habitantes, fue noticia porque se habían registrado graves incidentes por la impopularidad del reclutamiento para la guerra contra la Francia republicana, hasta el punto de que la oposición popular impidió que se pudiese llevar a efecto la talla de los soldados.

Después de la siesta que Jovellanos nunca perdonaba pasó un buen rato asomado a la espectacular galería norte del palacio Camposagrado, a pie del puerto avilesino. Contempló, a la izquierda, el gran terreno (lugar hoy ocupado por la plaza del mercado o Hnos. Orbón) donde estaban instaladas las aceñas. Salió a dar una vuelta por la villa, cumpliendo con visitas a casas de conocidos, y sobre todo a pasear por el viejo puente de piedra de San Sebastián (el metálico no se construiría hasta 1893), que le daba perspectivas de la ría avilesina, que le tenía –como no– fascinado.

Así transcurrió la tarde del domingo y la mañana del lunes. Pero por la tarde de ese día, se puso a trabajar en lo suyo que era conocer y valorar la realidad, que luego plasmaba en sus históricos ‘Diarios’. Así que junto con varios amigos, tomaron rumbo a San Cristóbal de Entreviñas, llegando hasta las alturas donde se divisa el mar al fondo, y abajo el Peñón de Raíces «La montaña de la Garita (…) toda cortada perpen­dicularmente (…) prueba, a mi ver, que algún día batió el mar esta monta­ña, y robando su cimiento, causó los grandes derrumbamientos perpendiculares que se ven en ella por todas partes».

222.JOVELLANOS. mejor el otro cuadrod. mas definido. 640px Francisco de Goya y Lucientes   Gaspar Melchor de Jovellanos1 190x300 Jovellanos en Avilés, un día como hoy, pero hace la tira

Retrato que Goya hizo de Jovellanos.

Y a continuación avanza la teoría del volcán, ya que «en la formación de esta montaña de la Garita, tan sin­gular en su especie (…) se ve una gran hendidura, que puede señalar la boca del cráter, pues aunque su forma es oblonga, pudo tomarla del curso de las aguas que allí se acumulan. No pudieron rodarse estas piedras en ningún río; creer la montaña efecto del diluvio, tampoco es fácil. No fué difícil que alguna antigua playa del mar estuviese, como otras, cubierta de este guijo; que levantada de esta inmensa super­ficie por la erupción de algún volcán, se fuesen depositando las materias que la formaron, cayendo, según su gravedad, más o me­nos lentamente. Si esto fué así, sin duda precedió muchísimos si­glos a la construcción del castillo de Gozón» donde Jovellanos está totalmente convencido que estuvo en el cerro del Castiello (Peñón de Raíces).

Bajan los viajeros a la vega de Raíces, donde estuvieron los monjes Mercedarios que se fueron al convento de La Merced en Avilés. El grupo se divide y mientras unos van al gran arenal (playa del Espartal), Jovellanos junto con Ramón Ovies y Gonzalo Muñiz (cura de La Magdalena) suben por un camino penoso al cerro, que inspeccionan meticulosamente.

«Re­conocimos en diferentes sitios los cimientos de obra antigua, que continúan en derredor toda la circunferencia de su altura; tiene sólo una subida; lo demás, escarpado, y cortado perpendicular­mente a mano, por la mayor parte en una peña de grano (…) Bien observado todo, parece que el antiguo castillo pudo haber tenido su cava o foso de agua, y que su puente levadizo y única entrada sería por la parte que dijimos del camino de Raíces».

También contemplan, desde allí, la zona de Nieva, terreno que intriga a Jovellanos por los misterios que encierra. Por ejemplo escribe que «En él dicen que hay un sitio alto, llamado el Monumento, y vul­garmente Molimentu, que sin duda viene de munimentum, y sería al­guna antigua fortificación romana. Debajo de él, hay otro sitio lla­mado la Clica. ¿No podría venir de crike, y derivarse de alguna má­quina que hubiese para atracar los navios o ayudar a su descarga?»

A la mañana siguiente, martes, junto con José Prada (Alférez de Navío)  inspecciona esa zona de Nieva, junto con San Juan y la iglesia de Laviana y «la playa de Chagón (hoy Xagó o Xagón)».

Regresan a Avilés para que el marqués de Camposagrado le acompañe a los antiquísimos molinos de aceñas, cuya fuerza motriz son las mareas «Llénanse en la pleamar, pero empiezan a media marea y muelen por espacio de cinco o seis horas». O sea que las aceñas ya no eran productivas para los tiempos que corrían (terminarían desapareciendo cuando, 70 años más tarde, desecaron la marisma, donde se asentaban, y cubrieron el río Tuluergo, para construir la gran manzana de casas que hoy alberga el mercado avilesino).

Luego visita ‘Jovino’ la tumba de Pedro Menéndez y toma detallada nota de las inscripciones, tanto de ella como del resto de enterramientos de la histórica iglesia de San Nicolás (hoy conocida como ‘La de los Padres’).

Y se acabó por este viaje. Jovellanos hizo un total de cuatro (serán episodio aparte) viajes a Avilés que, al menos, hayan quedado reflejados en sus ‘Diarios’, porque se cree que vino en más ocasiones.

«Despedida. Monto a caballo y me acompaña Prada. Todo el camino de mucho y excelente guijo; pudiera construirse un cami­no nuevo y magnífico a poca costa. Paréceme que con 300.000 reales se harían las cuatro leguas cortas, que hay a Gijón». Años más tarde, por ahí iría gran parte de la carretera GijónAvilés.

Gaspar Melchor de Jovellanos –bautizado como Baltasar Melchor Gaspar María de Jove Llanos y Ramírez– fue un ilustre ilustrado de mucho lustre.

El Tuluergo, o la decadencia del río que bañó la historia avilesina

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 06-07-2014

En Avilés, lo que es de agua, dulce o salada, vamos sobrados. Así que hoy me mojaré en un río, dejando aparte la Ría y las cerca de cincuenta fuentes que tenemos, muchas de ellas vergonzosamente abandonadas.

Entre los pequeños ríos –Alvarés, Magdalena, Arlós (o Molleda), Raíces, San Martín, Tejera, Vioño y Tuluergo– que desembocan en la Ría, destaca por su significado histórico, éste último, nacido en las alturas más inmediatas a la villa, en terrenos húmedos de agua y vino. Digo vino y digo bién.

Allí, en Miranda, está situado el manantial de Valparaíso, que desde siglos dio, a Avilés, de beber y para lavar. Y en San Cristóbal de Entreviñas –topónimo que lo dice todo respecto a su, hoy abandonada, riqueza vinícola– nace el río Tuluergo en fuente señalizada con tal nombre y sita en El Caliero.

El Tuluergo era arroyo creciente a medida que descendía hasta El Quirinal donde comenzaba a ser riachuelo, recibiendo afluentes que aunque pequeños lo convirtieron en río antes de que comenzara a mezclarse (en la marea alta) con el mar en Las Meanas, donde se quitaba la faja y comenzaba a ensanchársele el delta antes de acoplarse con la Ría. Y hablo en pasado porque hoy el Tuluergo está escondido.22.TULUERGO.AVILES MEDIEVAL.dibujjo Marinas. 209x300 El Tuluergo, o la decadencia del río que bañó la historia avilesina

Y en la desembocadura del Tuluergo –hoy tramo final de la calle de La Muralla– estuvo durante siglos el puerto de Avilés, aquel que durante un tiempo, en el medievo, llegó a ser el más importante del norte atlántico español.

El río, también fue frontera legendaria entre la villa amurallada de Avilés y el pueblo de Sabugo, precariamente comunicados (lo de ‘malhaya quien puso el puente para pasar a la Villa’, como canta la copla, no es gratuito) desde, al menos el siglo XIII, por un puente –al lado del actual Camposagrado– por el que apenas cabía una caballería con alforjas, y complementado más tarde (siglo XVIII)  por otro más apañado, en lo que hoy es calle de La Cámara.

El río está presente en la historia y vida de Avilés de distintas formas. En ‘Mayita’, novela costumbrista de Eloy Fernández Caravera, cuya acción transcurre en el Avilés de finales del siglo XIX, unos jóvenes intentan imprudentemente navegarlo bajo tierra desde el túnel de Las Meanas, donde comenzaba entonces su cauce subterráneo que seguía, mayormente, bajo la calle La Muralla hasta la Ría.

Actualmente una taberna del Quirinal lleva su nombre, como lo llevó una revista satírica –de los alumnos del Instituto «Carreño Miranda» en 1934 y 1935– dirigida por Ángel R. de la Flor Solís e integrada por Manuel Fernández Cuesta, Miguel Ángel Olamendi, Alberto Menéndez, Francisco Valdés Gárate y Manuel Abril.

En 2005, dentro del plan especial de protección del casco histórico, su autor, el arquitecto Carlos Ferrán –declarado defensor de que Avilés solicite ser Patrimonio de la Humanidad– presentó, entre varias medidas urbanas, una titulada «Eje del Tuluergo», consistente en llamativas actuaciones en torno a la zona por donde discurre subterráneamente el cauce y donde recomendaba «plantar árboles… Y también instalar láminas de agua que recuerden el paso del río».

Como ven, al Tuluergo, su familia no lo olvida. Viene de antiguo, porque San Cristóbal antes de ser de ‘Entre Viñas’, tuvo –señala Jorge Argüello, en su libro ‘Abilles’– como primer nombre San Cristóbano de Toluergo, que también fue Teruelgo y Tabuergo. Tal parece topónimo borracho.

El río fue obligado a ir retrocediendo el cauce, a cielo abierto, hacia sus orígenes a medida que los siglos avanzaban y la ciudad crecía. En el XIX, comenzaron a encauzarlo bajo tierra y en el XX fue gradualmente evaporándose del paisaje avilesino, descorriéndose (dicho sea con perdón) hasta donde hoy lo tienen escondido, allá donde acaba –de  momento– la calle José Cueto, en un pequeño pero hermoso bosque de sauces y álamos.

Pero aunque no lo podamos ver, porque no hay lugar urbano para él en esta selva de cemento, sépase que cruza Avilés bajo tierra desde El Quirinal hasta la Ría.

Y el saber no ocupa lugar. De momento.

José Cueto y su céntrica calle, que acaba en un bosque

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 29-06-2014

La madera fue la cuestión en la vida de José Cueto González-Carbajal, industrial avilesino que tuvo un gran aserradero muy próximo al lugar donde se instalaría más tarde, en 1903, la nueva iglesia de Sabugo.

Como alcalde de Avilés –desde el 1 de julio de 1891 al 1 de enero de 1894– cuando la ciudad rozaba los 10.000 habitantes, dejó huella por sonados acontecimientos que tuvieron lugar durante su mandato, fueran o no fruto de su trabajo político.22.JOSE CUETO. javier granda1 300x195 José Cueto y su céntrica calle, que acaba en un bosque

Por ejemplo, la histórica entrada en servicio de la dársena de San Juan de Nieva, en 1893. Y en aquel mismo año, el nacimiento de El Bollo (primer festejo de masas de la historia avilesina), así como la puesta en marcha, el 4 de julio de 1893, del tranvía a vapor (el primero de Asturias) más conocido como ‘La Chocolatera’, que cubría el trayecto Avilés–Salinas. También destaca la inauguración del puente metálico de San Sebastian (19 de octubre de 1893).

En cuanto al jocoso asunto del Parche, nombre (cariñoso hoy, que en su día saltaron chispas) adjudicado a la plaza de España por una obra malhecha –según muchos y de ahí el nombre– durante su mandato como alcalde, tengo datos –un episodio aparte– que demuestran que no fue él, sino su teniente de alcalde (Juan Rodríguez), como alcalde en funciones, el responsable del alboroto.

José Cueto (1844-1899), miembro del Partido Liberal de Avilés, fue hombre de modernos horarios europeos cuando España dormía largas siestas de pijama, padrenuestro y orinal. Dicen que «Vivía como un artesano, madrugaba mucho, comía a las doce y se retiraba al ocultarse el sol». Fue persona desprendida que cedió terrenos suyos al municipio para abrir una nueva calle que iría, con el tiempo, desde la plaza de la República (nombre que tomó, el 8 de mayo de 1931, la hoy plaza de La Merced) hacia la zona del Quirinal.22.Jose Cueto mirando hacia el este1 300x190 José Cueto y su céntrica calle, que acaba en un bosque

La calle de José Cueto fue creciendo sin prisa pero sin pausa. Hoy mide 1.129 metros. Primero fue residencial, luego los chalés fueron sustituidos por edificios de altura, cuya máximo exponente es el conocido como ‘Maspalomas’.

En esa zona, donde se ubican los mayores aparcamientos (parking) de Avilés, estuvo el antiguo recinto de La Exposición, dedicado en origen a feria ganadera y hoy es plaza despejada para el ocio. Aquí también está plantado, desde 1943, por el alcalde Román Suárez-Puerta Rodríguez, el estadio que hoy lleva su nombre.

La calle se cruza con otras, todas recientes, que llevan nombres de políticos de ámbito nacional como los exministros avilesinos José Manuel Pedregal y Fernando Morán, la diputada Dolores Ibarruri o alcaldes locales como José López-Ocaña, Francisco Orejas o José Antonio Rodríguez. A los que se suma el científico Eduardo Carreño Valdés.

Después del estadio hay una preciosa alameda, por donde iba el río, delimitada por dos conjuntos escultóricos del artista Ignacio Bernardo, titulados ‘Espacios para el ser y el estar’.22.Jose Cueto. EL BOSQUE2 300x225 José Cueto y su céntrica calle, que acaba en un bosque

Luego atraviesa glorietas, como la formada por las calles Fuero de Avilés, El Quirinal y Juan Uría Ríu (que se sepa que en Avilés también hay calle Uría) y hasta un parque que lleva por nombre María Zambrano, terminando poco más allá la calle –justo después de cruzar la glorieta que José Cueto forma con Victoria Kent y Flora Tristán– con sus dos últimos edificios  se ven frenados por un bosque.

La realidad, que siempre abusa de la ficción, ha hecho posible que la calle dedicada –en tiempos de la II República– a un exalcalde, haya crecido más de un kilómetro hasta terminar hoy –en tiempos de la monarquía parlamentaria de 2014– nada menos que en un bosque tupido, regado por un arroyo que nos remite al famoso –en la historia de Avilés– río Tuluergo hoy encauzado en una bóveda al entrar en zona urbana y atravesando bajo tierra El Quirinal, Las Meanas y centro urbano, para terminar desembocando en la Ría.

Pero paro, de momento, aquí la historia y dejo atracado o amarrado, este intríngulis del Tuluergo, para mojarme otro día en él.

Hoy el protagonismo es el de una calle, más larga que un día sin pan, que naciendo en el centro de la ciudad muere en un bosque. Final de una lógica aplastante, pues recuerden que, para José Cueto la madera fue una cuestión vital.

Estaba cantado. Y él estaría encantado.

Histórico centenario de la aviación en Avilés

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 22-06-2014

El primer ciudadano avilesino que vio la villa desde el aire fue Rodrigo González, en el verano de 1914, cuando volar constituía una verdadera heroicidad.

Por entonces, Avilés, vivía excepcionales momentos en los negocios portuarios y de almacenistas, gracias a su neutralidad en la primera Guerra Mundial que permitía a España abastecer a ambos bandos y por el puerto avilesino salía mercancía a punta de pala. También, por aquel año, abrió el hotel ‘Esperanza’ de Salinas y cerró ‘El Diario de Avilés’. Y los marqueses de Ferrera hicieron saber a sus amistades que habían batido un record al invertir poco más de nueve horas en un viaje a Madrid en coche. No sabían que el automóvil que estaba naciendo (no llegaba a 30 el parque automovilístico avilesino) ya se había quedado antiguo el invento, con la llegada de un artefacto volador a Avilés aquel mismo año.

Desde Llaranes –que a poco que te fijes está en muchos guisos históricos de Avilés– despegó una avioneta, en el verano de 1914. Las escasas noticias dan cuenta que «en un avión ‘Ponierd’, el arriesgado avilesino Don Rodrigo González, se elevó desde un campo de Llaranes, y realizó una comple­tísima exhibición aeronáutica ante sus compueblanos». Luego fuese el avión y hubo años y años sin noticias aeronáuticas, excepto las trágicas derivadas del doble bombardeo aéreo –un episodio aparte– del Avilés republicano durante la Guerra Civil.

En1952 habilitaron un campo de aviación en los llanos de Llanera para establecer una línea regular de pasajeros con Madrid. Este aeropuerto, de La Morgal, se clausuró en junio de 1963 ‘por razones técnicas’. Hay que decir Llanera era una de las zonas más alta densidad de niebla en Asturias. Es cosa sabida.

Así que me quedo con la copla de aquel piloto avilesino de 1914, que había estudiado en la Escuela de Aviación de Getafe, donde Juan de la Cierva hizo volar el primer autogiro, que como se sabe es el padre del helicóptero.22.aeropuertol MADREÑO GIRO dibujo 212x300 Histórico centenario de la aviación en Avilés

En Asturias también hubo autogiro, faltaba más. La cosa empezó a volar en los años cuarenta y tuvo un éxito multitudinario: el madreñogiro. Publicaciones, cromos, teatro y hasta película avalan el invento del genial dibujante Alfonso Iglesias, autor de los personajes Pinón y Telva. Y de Pinín, «que de Pinón ye sobrín» y que era el piloto del artefacto que viajaba por todo el mundo en el madreñogiro, un revolucionario transporte consistente en una madreña que tan pronto servía de barca como volaba gracias a las hélices movidas por un muelle de fragua de ferrero.

Pinín fue el piloto de ‘El Principito’ asturiano. Si el autor del famoso libro, el aviador francés Antoine de Saint–Exupèry, hubiese vivido en Taramundi o en Covadonga, también hubiese embarcado al protagonista de su obra literaria en el madreñogiro, paradigma de las históricamente desastrosas infraestructuras asturianas por tierra, mar y aire.

Tal era nuestra miseria en esto de las comunicaciones, por ejemplo en 1968, que ni teníamos una autopista ‘Y’ a la que echarnos a la boca con aquellos Seat 600, que quemaban juntas de culata por los caminos que el imperio romano nos había trazado cuando intentó colonizarnos hace veinte siglos. Los miles de ‘seiscientos’ se despeñaban por nuestros miles de históricos baches. Ahora tenemos una Autovía del Cantábrico que, a su paso por Asturias, está aún sin terminar habiendo comenzado las obras hace un cuarto de siglo. Histórico.

Y de la variante ferroviaria de Pajares ¿Qué decir?

Por eso, porque durante siglos tan caras se vendieron –y siguen vendiéndose– las infraestructuras viarias, terciarias, ferroviarias y cuaternarias es por lo que el miércoles 18 de junio de 1968, podemos decir que se produjo un hecho milagroso. Aquel histórico día le aterrizó todo un aeropuerto a ésta región de la Reconquista, de don Fernando Alonso, el de la Fórmula-1, y de doña Letizia Ortiz, Reina de España desde el jueves pasado. Histórico.

El prodigio, sucedió en la comarca de Avilés y municipio de Castrillón, por tanto no digan Ranón, porque es población del municipio de Soto del Barco, cuyo nombre me suena a angulas. Las instalaciones aeroportuarias ocuparon fincas castrillonenses, mayormente de Anzo, Santiago del Monte (como bien enseña mi amigo Román L. Villasana), Bayas y alguna de Naveces. Y tampoco digan Aeropuerto de Oviedo, como se empeña alguna compañía aérea, porque su nombre oficial es Aeropuerto de Asturias.22.aeropuerto vista general 300x159 Histórico centenario de la aviación en Avilés

Decía que fue en 1968 cuando se produjo el portento de ver como aterrizaba un aeropuerto en Asturias. ‘Aterrícenmelo como puedan, pero en Asturias’ habría dicho el general Franco, entonces jefe del Estado, a los de Fomento de entonces. Y un avión tomó tierra en Castrillón y Francisco Franco fue nombrado ‘Alcalde Perpetuo de Avilés’, aunque años después fuese destituido, como tal, por otra corporación, hecho ocurrido el 15 de noviembre de 2007. Histórico.

Por cierto que un año después de aquella inauguración aérea, acudió a Madrid (en autobús, no en avión) a entregarle, a Franco, el bastón de mando y la medalla de la ciudad, una delegación avilesina presidida por el alcalde Fernando Suárez del Villar, junto con el secretario del Ayuntamiento, Jaime Villanueva, y los concejales: Enrique Alonso, Ignacio Menéndez Trabanco, Fructuoso (‘Toso’) Muñiz, Emilio Alonso Illobre, Benito Fernández, Francisco Prieto, Gerardo García Blanco, Manuel Figueiras López-Ocaña, César Blanco, Alejandro López-Ocaña y Jesús Fernández (‘Miñán’).

Todos iban de chaqué, prenda obligatoria en las audiencias del Jefe del Estado. Y al regreso, al salir del acto, los nervios quizá les habían hecho subir al autobús sin haberse cambiado el traje de ceremonia. Y como ancha es Castilla, y con el sol en todo lo alto ni te digo,  y como allí los pueblos escasean a orillas de la carretera y que para coronar la faena el vehículo no llevaba aire acondicionado, pues convirtióse el autobús en un infierno. Tal era el sofoco que no pudiendo aguantar más, y en plena, pelada y soleada meseta castellana, mandaron parar al chofer del autobús y bajaron en tropel a mudarse de traje, en un descampado no lejos de Villacastín, sin reparar que el tráfico era constante en la carretera, causando el asombro –lo tiene contado Venancio Ovies, que viajaba como periodista– de «los automovilistas que circulaban por la carretera y pudieron presenciar el más insólito strip-tease a cargo de gentes, muchos de ellos, cargados en carnes y maduritos». Nunca supieron que era la Corporación de la Villa de Avilés en calzoncillos. Histórico.22.aeropuerto. MADEREÑOGIRO. 498016421 300x200 Histórico centenario de la aviación en Avilés

El caso es que desde 1968 el aeropuerto fue creciendo (con obras de ampliación realizadas en 1982, 1994 y 2003), en medio de alegrías y pesares. Y de contratiempos técnicos como los derivados de la niebla ‘meona’ tan propia de estos últimos tiempos azotados por el cambio climático, aquello que muchos decían que era ciencia ficción. Se instalaron millonarios sistemas antiniebla pero –que si quieres arroz Catalina– no había química entre torre de control y pilotos. Ahora no se.

Pero sí se, que de aquel madreñogiro (del principito Pinín) queda un hermoso prototipo, obra de Luis Fernández, en una luminosa esquina de la zona de Salidas del Aeropuerto de Asturias. Yo creo que ésta maqueta es una gigantesca alegoría a la importancia que concede AENA (Aeropuerto Españoles y Navegación Aérea) a la ciencia ficción aérea en Asturias, quizá para paliar la realidad que supone la anulación de vuelos y ausencia de viajeros  y que, de seguir así, hará que el aeropuerto asturiano cierre el año 2014 por debajo del millón de pasajeros, algo que no ocurre desde hace una década.

Histórico.

 Postdata.- El tiempo vuela también para ‘Los Episodios Avilesinos’, que despegaron de éste periódico el 12 de junio de 2011. Un placer.

El palacio de Balsera

Archivado en (Los episodios avilesinos) por albertodelrio el 15-06-2014

    En Avilés, si usted no conoce, y pregunta por el palacio de Balsera, tiene bastantes probabilidades de que lo dirijan al que no quiere, suponiendo que usted desee ver el verdadero palacio y que es el que acapara la esquina entre la plaza Álvarez Acebal y la calle Julia de la Riva.22.Balsera Palacio. POSTAL 300x186 El palacio de Balsera

   Porque hay otra céntrica esquina –otro lujo arquitectónico– que es la formada por la calles La Cámara y Cuba y donde está la casa del indiano Eladio Muñiz edificada –a su regreso de Manzanillo (Cuba) donde había amasado una fortuna en la industria tabaquera– en 1903. El caso es que, años más tarde, el indiano que había construido la espléndida casa como regalo a su esposa, se la vendió al empresario Victoriano Fernández Balsera, que a su vez se la regaló a su hija Josefina, quien a su muerte la donó a la parroquia de Sabugo. De ahí que el edificio sea conocido, por muchos avilesinos como ‘la casa de Josefina Balsera’ y también ‘la casa de Balsera’. Sin embargo ha de quedar claro que el nombre correcto es el de su constructor, o sea ‘casa de Eladio Muñiz’. Llamarla de otra forma, por ejemplo y por hacerse el gracioso ‘la casa regalada’, es alimentar la confusión.

    A estas alturas, creo llegado el momento de decir que Victoriano Fernández Balsera era un muy destacado ciudadano avilesino y no hará falta añadir –después del detalle de sus céntricas propiedades palaciegas– que era un hombre de posibles. Pero, sobre todo, era un tipo que sabía mucho de la vida, quizá por haber nacido en hogar humilde y trabajado, en lo que pudo y como pudo desde muy joven. Y no sigo, que la historia de un personaje de este porte, es digna de episodio aparte y el periódico no me paga novelas.22.balsera desde julia de la riva 225x300 El palacio de Balsera

   Volviendo a la cosa inmobiliaria, es preciso saber que una de las consecuencias del revolcón urbano que sufrió la ciudad entre finales del siglo XIX y principios del XX, fue el nacimiento de nuevas calles, una de ellas la de Julia de la Riva, una rica hacendada que en 1904 otorgó al Ayuntamiento, gratuitamente, edificios y terrenos de su propiedad con la sugerencia de la «apertura de una nueva calle que partiendo de la plaza de San Francisco [Álvarez Acebal, hoy] enlace con la Fray Valentín Morán [Cabruñana, actualmente]».

   Pocos años después, y con la nueva calle Julia de la Riva (nombre de lo más propio, hablando de calles de Avilés) hecha realidad, Victoriano adquiere en ella terrenos para construir, al inicio y en la margen derecha, su palacio y jardín.  En la izquierda edificios auxiliares.

   Diré que el palacio de Balsera es espectacular y que su arquitectura genera encontradas opiniones, que van desde «esto es la gloria bendita» a «jó, con la tarta merengada ésta». Y añadiré que sea como sea, y artísticamente hablando, el caso es que está declarado Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1991, lo que lo dice casi todo.

   Otra cosa es el misterio que hay sobre sus datos, tanto de su exacto estilo arquitectónico, como de la autoría del mismo, así como el de los años de inicio de la construcción y finalización de las obras.

   Sobre esto último se barajan fechas que van de 1909 a 1915, pero parece que en 1917 aún estaba en obras. Así lo delata una pequeña ‘etiqueta’ que luce en la espectacular vidriera que da luz al patio interior del edificio, y cuyo texto es: «Delclaux y Cia. Bilbao 1917». Y hay más pruebas gráficas que puede (aún no tengo permiso para mostrarlas) que demuestren que en 1923 aún estaba sin terminar.22.balsera.interior del palacio. foto lva. jpg1 300x200 El palacio de Balsera

   Sobre su autoría se citan los nombres de dos arquitectos, uno llamado J. Costa Recio y otro de apellido Palacios, pero (y aquí viene otra confusión más) unos dicen que Fernando y otros que Antonio.

   Dicho todo esto, y porque forma parte de la historia del palacio, han de saber que en esta propiedad dicen que habitó un fantasma, y de nombre inglés, para más inri. Y no se crean que es leyenda local, que la cosa ha trascendido a nacional merced al programa televisivo ‘El cuarto milenio’ de Iker Jiménez. Si se meten en Youtube y buscan por «balsera fantasma cuarto milenio» se van a enterar de lo que vale un espectro.

   Desde 1982, el palacio es propiedad del Ayuntamiento de Avilés, que le puso música convirtiéndolo en sede del Conservatorio Municipal, otro episodio aparte.

   El de Balsera es un edificio que llama la atención al más pintado por su ornamentación, balcones, miradores y rejería. Tiene varias alturas, dos plantas en el cuerpo principal, tres en el resto, excepto en la torre que son cuatro. Tuvo unos espectaculares jardines versallescos, pero fueron podados, en cuanto a superficie y en parte edificados. Vaya por Dios.

   Choca mucho (mismo dueño, opuestos estilos) el contraste arquitectónico de esta mansión de tanto abigarramiento decorativo, con la sencillez arquitectónica de los también famosos Almacenes Balsera, a orillas de la Ría.  

   El palacio de Balsera está situado en una de las zonas más espectaculares de Avilés, desde el punto de vista monumental. Un sitio que le hace justicia, tanta como él le hace al sitio.


Alberto del Río Legazpi
Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta

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