Fletán napado

Archivado en (Comida) por admin el 07-03-2012

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El periódico donde trabajo decidió la semana pasada enviarme a cubrir la última cumbre de la Unión Europea.

El director me llamó al despacho y me espetó, sin dejar de masticar un grueso puro:

-¡Remartini, necesito que haga una crónica sobre la cena de los jefes de Estado. Sabe usted de política como el mejor de los tertulianos y es además un consagrado gastrónomo. Así que hágame el favor de escribir las mejores 300 líneas sobre una cena de jefes de Estado que se hayan escrito jamás!

Y me despidió zurrándome con la manaza derecha sonoras palmadas sobre mi espalda, tensándose con la izquierda el tirante con la bandera de España, y gritándole a la secretaria que me reservara un vuelo a Bruselas y un hotel, sin reparar en gastos.

-¡Y déle algo de dinero para que se vista como Dios manda, pardiez!-, remató, cerrando la puerta de un soberano portazo que hizo temblar la pared entera.

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En efecto, soy un periodista con una sólida formación en doctrina política, gestión de administraciones y hacienda pública. Fui el primero en llamar barones a los líderes regionales del PSOE (una estupidez como otra cualquiera, pero efectiva) y en utilizar las expresiones “problemática” y “en materia de economía”.

Era pues un encargo merecido, y con tal sensación partí.

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Llegué a Bruselas, ocupé la habitación del hotel, me puse el traje alquilado con el dinero proporcionado por la secretaria, y me dirigí a la susodicha cena, en cuya lista oficial de invitados me había logrado colar una de mis fuentes en el PP a cambio de conseguirle, como fuera, un autógrafo personalizado de Nicolas Sarkozy.

Mi tarjetón de invitación decía: “Arthur Remartini Barón. Asesor ejecutivo intrínseco del Estado Español en materia económica y financiera”.

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La crónica de aquel día estaba llamada a ser la más importante de mi exitosa carrera. Durante el vuelo, había pensado enfocarla alrededor de una doble cuestión:

a) ¿Por qué las grandes decisiones, incluso cuando afectan a naciones enteras, casi un continente en este caso, se sigue resolviendo en torno a una mesa?

Y en segundo lugar, o b): ¿Era menú fijo o se podía pedir a la carta?

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Era menú fijo. Es más: para ahorrar, para predicar con el ejemplo de la monumental austeridad sobre la que iban a departir esa noche, la organización había quitado fastos de aquí y de allá. Los camareros iban de pajarita en lugar de ataviados con librea. La copa para el vino tinto y para el blanco iba a ser la misma, única, teniendo que decidir el presidente o primer ministro al inicio de la cena. Si luego cambiaba de idea, o si estaba tomando tinto y pedía blanco para el pescado, se le serviría un poco de agua en la copa para que revolviera, enjuagara y la limpiara. De todos estos nuevos usos protocolarios te informaba una octavilla arrejuntada con un clip al menú de la velada. Ni siquiera las viandas saldrían de la cocina emplatadas, sino que cada plato se serviría desde una bandeja de acero inoxidable, imitando plata, que cada camarero portaría sobre el hombro a la más vieja usanza. Comida nada más, sin decoración, texturas ni mariconadas.

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La mesa era larga como un día sin pan. Y más parecía una comunión con ínfulas de boda que un ágape mundial.

Unas pocas sillas frente a mí, conversaban entre caras serias Sarkozy, Mariano Rajoy y Angela Merkel, el español sentado entre los otros dos. A mi derecha, Mario Monti le preguntaba en inglés macarrónico a Herman Van Rompuy cómo se pronunciaba exactamente su apellido. A la izquierda, una señora centenaria con cara de urogallo cuya cabeza decoraba un tocado cinegético, y maquillada como una pesadilla de Francis Bacon, me sonreía sin motivo alguno.

Europa, vaya sitio.

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Nicolás, Mariano y Angelines casi no se dieron cuenta de que llegaba el camarero con la bandeja de entremeses fríos y calientes. La alemana despreció el servicio con un breve pero severo golpe de mano. El francés aguzó la nariz, como hiciera una vieja suspicaz que olfateara alguna traición, y también renunció. Y el español, que nada más tomar asiento se había arrancado a hablar con el nervio de un adolescente excitado, simplemente apartó el hombro sin alterar la flema de su discurso, en un acto que ejecutó como reflejo y que sirvió a la vez para sugerir el servicio y facilitárselo al camarero.

Desde mi prudente distancia, no pude sino aplaudir desde mis adentros a mi compatriota por su saber estar.

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Siguieron hablando mientras Rajoy daba buena cuenta de las croquetas, las anillas de calamar y de unas vagas lonchas de salami desleído, que desaparecían entre su barba cenicienta absorbidas suavemente, intercaladas entre palabras. Cada vez que tragaba con mohín de Niño Jesús jubilado, la mula y el buey aprovechaban para machacarle el discurso con un mensaje que se intuía unísono, evidentemente reprobatorio, pero que me resultaba imposible oír desde donde yo estaba ubicado.

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Llegó el camarero con la segunda tanda. En honor a la Política Pesquera Común, la organización había decidido servir fletán en salsa.

La alemana se dejó servir pero trasluciendo su cara que no pensaba tocar aquéllo. El francés se permitió revolver el tenedor dentro del napado (probando la punta mojada con gesto de asco), justo cuando el camarero le mostraba al español la bandeja que portaba, a fin de que eligiera filete.

-Eshe-, dijo Rajoy, apuntando a uno bien rollizo.

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Entonces me descubrió observándole. Me había quedado abstraído por completo contemplando a ese señor extraño, imaginando que lo vestía su madre anciana cada mañana, atrapado por la melancolía que reflejaban sus gafas, ventanas con visillos asomadas al recuerdo de un patio de colegio, no sevillano, sino gallego, al que deseaba con todas sus ganas salir a jugar justo cuando el cura le espabilba el ensueño dándole una colleja en mitad de la clase que le dejaba un olor a tiza amarga adherido por siempre a la nuca, olor denso y picante que todavía le invadía la nariz durante las horas más aciagas.

Le incliné la cabeza y él me devolvió la cortesía, amagando una sonrisa sincera que se le quedó triste. Nicolás y Angelines no paraban de abroncarle a murmullos las dos orejas, presuntamente enfadados de escucharle lo que le habían escuchado y seguramente cabreados también por el hambre. Perros de presa del mismo hortelano.

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Conforme le afeaban lo que fuera, Mariano hundía las gafas en el plato de fletán, que aún no había tocado. Tras un suspiro, dio el primer bocado en silencio mientras el mórbido índice de la alemana se balanceaba amenazante junto a su mejilla, casi rozándole las canas de la barba.

Al constatar el sabor de aquel simulacro de merluza, consensuada como pescado por toda la mesa unida, a Rajoy, del Atlántico y del Cantábrico, se le descompuso la cara.

Sin levantar la cabeza, me volvió a mirar, sabiendo que yo no había dejado de hacerlo. Me miró, y sonrió de nuevo. Y durante los diez minutos siguientes, en que no arreció la bronca, se tragó, apenas abierta la boca, el fletán entero.

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De la que servían los cafés, llamé al director:

-”Jefe…, no hay crónica que describa esto.

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¿Quién escribe el blog?
David Remartínez
, 42 años, periodista


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