Epílogo
Archivado en (Cocineros, Comida, Libros) por admin el 06-06-2012
Archivado en: Manuel Vázquez Montalbán, Santi Santamaría, They Might Be Giants
Hace poco más de un año se murió Santi Santamaría.
No se han producido muchos fastos con motivo de este triste aniversario, no se le ha echado de menos en público como seguro hubiera sucedido de ser Adrià o Aduriz o Arzak el que llevase ausente apenas 16 meses. Y parece poco lapso de tiempo para difuminar a quien fuera tan grande, ¿no?
Me atrevo a decir que la causa de este giro de cabeza colectivo es que todavía permanece demasiado caliente lo último que cocinó. Que no fue un plato, sino un libro lleno de cabreo, vivo, documentado, y con algún que otro pasaje escocido.
Sin embargo, ese libro fue un regalo, un servicio postrero a la profesión.
Me explico.
Santamaría creía que la fiesta se les estaba yendo de las manos. El espectacular nivel que había alcanzado la cocina nacional, modernizada a toda mecha y de forma paralela al rápido crecimiento económico del país (hoy ya sabemos que se llamaba ‘crédito’), se estaba empezando a pervertir en una orgía de egos, envenenando el jugo principal del oficio. El gordo catalán afeó a sus compañeros la locura colectiva en la que habían caído al emperrarse en demostrar que lo suyo era más que cocina, que era arte, que su trabajo trascendía, que hasta el más novato podía competir en las grandes ligas y recibir el marchamo de restaurante vanguardista.
De eso alertaba Santamaría.
Pero aquel análisis (porque, se estuviera de acuerdo con él o no, era un análisis: sustentado en razonamientos y datos, y con innegable ambición de debate) le convirtió de inmediato en un apestado. Sus iguales le repudiaron. Los medios también, reduciendo sus interesantes zarpazos a cuatro párrafos de escándalo.
De inmediato surgieron mil reportajes de cocineros que se sentían atacados enseñando las entrañas de sus negocios en gesto de honestidad: sus espesantes, aromatizantes, coloreantes…, los trucos que no eran trucos sino nuevas tecnologías. Decían.
Y lo eran. Algunas. Otras solo escondían. Pero cobraban igual.
Santamaría dio un puñetazo con su rolliza mano sobre tanta mesa de pirotecnia. Probablemente se pasó tres pueblos, pero en general, y aunque pocos lo reconocieran, dejó al sector temblando.
Al poco se empezó a hablar por doquier de cocina de mercado. Había que respetar el huerto anejo, potenciar sabores patrios en lugar de buscarlos lejos y jugar con ellos (que estaba guai, aunque ya no tanto). Había que suscribir el manifiesto sostenible de Carlo Petrini y quitarle hierro al asunto. ¿Innovación? Sí, pero “siempre sin perder las raíces de lo nuestro”. Eso: cocina de mercado.
Al producirse esta procesión de sanpablos justo cuando el mercado se iba despeñando, conforme la recesión vaciaba los grandes manteles blancos decorados con piedras grises y copas Riedel, pues pareció acertado.
Entretanto, Santamaría se murió. Que ya le vale.
Pero ese desafortunado acontecimiento no le resta el mérito en tanto deslumbramiento.
Yo, que soy un mindundi, voy a reconocérselo.
a) Santamaría fue un cocinero valiente sin necesitarlo: se le salían la estrellas Michelín por los sobacos.
Si sentía envidia por el endiosamiento de su paisano Ferrán Adrià, es cosa que él sabrá, él supo, allá él. Eso me da igual. Leyendo su último libro, aquella presunta rivalidad no pasa de anécdota, y en cualquier caso le sirve para, partiendo del genio malafeitado al que todos querían imitar, razonar el peligro que suponía para los recién llegados comportarse cual generales sin haberse licenciado primero como soldados.
b) Santamaría era un cocinero con discurso.
En España, con muchos cocineros célebres sucede lo mismo que con los futbolistas: su habilidad para deleitar es inversamente proporcional a su capacidad para explicarse. Pídele a Messi que hable del fútbol con la soltura de Valdano. Casi que no. Messi juega al fútbol y con eso ya tiene suficiente mundo; no necesita pensarlo. Cada cual es cada cual.
Santamaría, por capacidad, jugaba como el argentino pequeño. Pero además jugaba así porque antes había pensado y decidido jugar así, según se expresa el argentino grande. Aunque odies el término, era, a su manera, un intelectual: reflexionaba sobre el papel de la comida y de los cocineros en la sociedad.
Cuando escucho o leo una entrevista con Adrià o con Arzak veo opiniones sueltas. Interesantes, sí, pero normalmente deslabazadas. Y no pasa nada, en nada afecta esa faceta a su talento superlativo para la cocina. Pero Santamaría añadía (estuvieras de acuerdo o no) un discurso. Por eso escribía.
¿Problema? Al igual que con el fútbol, en España el discurso lo aportan normalmente los críticos. De eso viven muchos: de armar teorías redondas que, paradójicamente, no entiende el chef que las sirve emplatadas sobre la mesa. Los malos críticos describen floridos balones que solo ruedan en sus cabezas. Pero crean escuela. Y al cabo alguien acaba sugiriéndole al prometedor cocinero novato que, si quiere estar aldente con la corriente, mejor escriba en la carta el nombre del plato metaforizándolo en tres líneas, en letra helvética y a doble espacio.

Por eso mismo (por intrusismo), me temo, tantos le despellejaron. En la gastronomía, como en el fútbol, hay demasiado apesebrado.

Es más: ya que estamos aquí, añado que desde que se murió Manuel Vázquez Montalbán andamos desnortados. Nadie nos ofrece un marco general sobre la cocina nacional, pocos aportan algún ensayo que sobrevuele el incesante oleaje de reportajes circunstanciales, que se copian entre sí miles de blogs y suplementos amontonados.
Hay mucho viento y poca brújula. Quienes amamos comer y cocinar somos una religión que lleva demasiado tiempo sin recibir nuevos evangelios. Hay miles de cocineros y críticos, pero no sobran precisamente los que digan algo.
Así que no estamos como para olvidar a nuestros malditos.
Porque Santamaría no era un profeta. Pero al menos escribía cartas encendidas a los Corintios.















Si eres un mindundi, pero un buen periodista, sabrás que entre toda la prensa asturiana, la generalista de madrid y BCN y las deportiva tienen entre sus noticias más vistas el dia 07/06/2012 el deceso de alguien, que, al parecer, no era muy querido en blogasturias. Qué pasa con Manolo Preciado. Tres blogs hoy en EL COMERCIO y sólo uno sentido. Mucha frialdad. Por ser de santander. Y el ascenso. Desagradecidos, debe estar alucinado en el cielo. Saludos cordiales de una seguidora que no se atreve a comentar
Saludos también a ti, Isabel. Y de lo que comentas, no sé qué decirte, me pilla fuera de juego. Sé que la cobertura informativa que le ha dado elcomercio.es ha sido inmensa, parecida a la de eldiariomonates.es. Respecto a blogasturias, es un alojamiento de blogs al que pertenezco porque empecé el mío trabajando en El Comercio, pero cuya gestión desconozco, como tampoco sé los post que hoy se han colgado sobre Manolo Preciado. En cualquier caso, un blog es una ventana individual, a diferencia de una web informativa, que es un periódico donde se decide, jerarquiza e informa. Yo he vivido la reacción a la noticia desde Santander. Y ha sido conmovedora. De hecho, impresiona el cariño que le dispensaba la gente, no ya aquí, sino en todo el país. Y en Asturias me consta que también. En cualquier caso, besos.
Genial tu artículo, tuve la suerte de trabajar en una de sus casas durante un año y la verdad que es increible todo lo que transmitió y lo bien que hacia las cosas. Creo q como en todos los ámbitos, en la cocina también existen las manos negras… Y si alguien, sea quien sea, se mete dónde no quieren que se metan, se acabo. Es verdad que aunque no fueron los chefs rabiosos quienes lo mataron, desde luego que lo crucificaron en vida. Y no seré yo quien me moje más de la cuenta pero yo creo saber quien fue el Judas de Santi!
Brillante, claro, preciso y justo. Amb dos collons.
Chapeau!
Ay, David, el domingo me diste el susto de mi vida: tu blog había desaparecido! el lunes, lo mismo, qué angustia, por Dios! Además me sentía culpable, como soy tan pesada…
Bueno, pues tuve el honor de conocer al gran Santamaría, hace casi 30 años, me pareció muy agradable en el trato, mucho más que otros colegas suyos, ya te contaré si hay ocasión cómo me metí, más bien me metieron, en la alta sociedad cocineril del país, no me acuerdo de mucho, era una pipiola y fueron sólo 4 días viéndole trabajar en Francia, ay, si me pilla ahora… pero, bueno, un gran señor.
¿Cómo que andamos desnortados? Tú vas a ser, para mí ya lo eres, el nuevo Vázquez Montalbán, besinos!
¡Joder, Maritxu, eres la bomba! ¿Cómo que conociste a Santi Santamaría cuando “te metieron en la alta sociedad cocineril del país”? Ese relato no puede quedar siemplemente sugerido, nos dejas en ascuas. Te invito a que lo escribas y me lo mandes, y yo lo subo como un post. Al fin y al cabo, este blog lo hacemos a medias. Anímate. Un besazo.
¡Eso no vale, Escoffi, si lo amagas hay que decirlo, traidorrrr! ¡Me quedo con las ganas!
David, definitivamente, tú quieres acabar conmigo; ¿Cómo puedes decir que escribimos tu blog a medias? Una de dos: ó me estás tomando el pelo ó eres la persona más generosa que he conocido en mi vida.
No era mi intención dejar a nadie en ascuas,realmente recuerdo muy poco de él, es con el que menos contacto tuve, te podría contar muchísimo más de Arzak, Subijana, Pildáin ó Larumbe, y me dá pena porque veo que le apreciabas especialmente; en cualquier caso, ¿tú crees que tengo el talento necesario para escribir aquí? No, hijo, no, como comentarista, sí, pero nada más;
No necesito animarme, contigo, tus deseos son órdenes para mí; ojalá pudiera recordar algo más, lo intentaré, llevo todo el día recordando cosillas sueltas, seguiré estrujando mi perdida memoria, los años no perdonan, jó!, para una vez que me pides algo…Además, estábamos todo el día tomando champanes franceses, un desastre… bueno, sigo en ello, voy a ver qué consejos nos dás, hasta ahora!