El Salto (CapÃtulo V)
Archivado en (Comida, En ningún lugar) por remartini el 03-08-2012
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Según se sabe, cocineros, pinches y camareros pertenecen a esa prole de trabajadores cuyo oficio les absorbe hasta tal extremo que a diario necesitan una fuerte descompresión para olvidarlo. Es decir, que suelen ser jaraneros y noctámbulos, por espÃritu y por horario.
Como esta historia (real) nos fue confiada bajo la promesa de no revelar datos delatores durante su recomposición como cuentecillo de verano, diremos, trastocando algunos matices clave, que su protagonista, o sea nuestra camarera saltimbanqui, acostumbraba a concluir su jornada laboral bien entrada ya la madrugada, motivo por el cual no le daba tiempo casi nunca de regresar a su casa familiar, situada en un pueblo cercano pero no tanto. Sin embargo, en aquellos tiempos se pagaban sueldos merecidos a los empleados (en lugar de los actuales jornales europeos) y se pagaba bien aunque se estuviera aprendiendo. Gracias a ese modelo salarial hoy ya despreciado, la joven disponÃa del dinero suficiente para compartir un piso en el casco antiguo de la capital, de entonces casco destartalado (aún sin remozar para ese turismo de pasear que décadas después transformarÃa tantas ciudades en un decorado, habitable solo para quienes, precisamente, no dependen de un jornal). Pero nos perdemos.
DecÃamos que se apiñaban en aquel piso desvencijado, con cuarto de baño comunitario y una palangana para el aseo matinal, cuatro trabajadoras de Casa Marcial, de las cuales la más pequeña era nuestra querida Andrea, la amiga de Sebastián.
No dejaba pues de verse benjamina en ninguna de sus rutinas.
Mas de cualquier circunstancia aprendÃa.
Aquella intimidad mediopensionista le sirvió para perder algo de pudor. O para conocer cuáles de sus intimidades debÃa compartir solo con mujeres, si querÃa después manejarse entre hombres.
No obstante, y debido al antedicho carácter noctámbulo del oficio hostelero, poco pisaban el piso las cuatro: cuando no estaban en el restaurante trabajando, andaban de cachondeo con los compañeros. Muchas veces, sin salir del local. AllÃ, limpiando a última hora, recogiendo y ordenando cuando el jefe se habÃa marchado, Andrea siguió avanzando: probó sus primeros tragos de alcohol, escuchó confidencias de gente mucho mayor, vio estallar penas y lujurias, intuyó trastiendas oscuras, y acabó por admitir el escándalo, el desbarre, como una defensa natural para quienes viven bordeándose alguna paciencia.
Si atendiendo a los clientes Andrea descubrió las máscaras de la convención social, en ese mismo comedor, reconquistado de noche, descubrió cómo se comportan los adultos cuando se quitan el delantal.
Aquel dÃa en que el crÃtico más reputado de la provincia cenó en Casa Marcial, Andrea empezó a marcharse del lugar donde sus 18 años se convirtieron en mayorÃa de edad de forma irreversible. Saltar implica también tocar un techo, y cuando tocas ese techo, lo sabes, de una forma inefable. Como cuando se te acaba el amor o la amistad con alguien, por ejemplo.
Pascual preparó tres platos que dejaron boquiabierto al crÃtico: espárragos blancos con vieiras, trufa negra y salsa holandesa; chipirones salteados con guindillas frescas; y un steak tartare soberbio, que aderezó con sake y menta. Durante su elaboración, no quedó un solo trabajador del restaurante que no se arrimara en algún momento a ver actuar al maestro, concentrado y feliz como nunca. Manejaba cazos y sartenes con velocidad de vértigo, como si todas las pericias acumuladas durante tantos años sacudieran a la vez de orgullo sus brazos. Cuando olÃa o tocaba la carnes y los vegetales y los sentÃa en su punto cocinados, frenaba en seco sus malabares, colocaba con celo de repostero los ingredientes en los platos, y salseaba el conjunto como rematando un cuadro.
Andrea se percató de que, a pesar de la intensa presión que se respiraba a su alrededor, Pascual no necesitaba que nadie le mirara para iluminarse. Porque no se estaba examinando: se estaba gustando. A pesar de su habitual buen humor -como se ha dicho, el mejor del restaurante-, no le habÃa conocido hasta ese momento semejante entusiasmo por su trabajo, esa cara de felicidad que luego, con los años, irÃa comprobando en otras personas satisfechas, libres de ansiedad; sueltas.
De repente, se dio cuenta de otro detalle: estaba preparando tres raciones de cada plato, cuando en la mesa del crÃtico solo se sentaba aquél con otro invitado, o sea que eran dos.
Para sorpresa de la joven, la tercera ración resultó ser para Sebastián.
-Él es mi mejor crÃtico-, le confió Pascual.
Cuando el verdadero crÃtico abandonó el restaurante entre elogios a las frutas del bosque maceradas en pimienta y vinagre que le habÃan presentado como postre, toda la plantilla estalló en aplausos: una mezcla colectiva de nervios, pero también de la pasión desplegada por el cocinero, que habÃa actuado como un contagio. El dueño elevó la efervescencia general cuando anunció que invitaba a una ronda, anuncio mayúsculo (¡Don Marcial invitaba!) que supuso el principio de una fiesta estupenda (imagino que una de esas fiestas donde, al final de la pelÃcula, el protagonista descubre todas las respuestas).
Mientras todos se volcaban sobre la barra, y brindaban, Pascual se acercó hasta la mesa donde aún seguÃa sentado Sebastián, con una botella de vino y dos copas, y se sentó a su lado. Intercambiaron un par de frases, y también brindaron.
Andrea me contó que esa noche se atrevió a sentarse con ellos. Pero no puedo contar de qué hablaron.
Aun hoy lo guarda como un regalo.















Precioso, precioso y precioso!
Tú dà lo que quieras, Daviditxu, pero esta historia tan bonita es mucho más que un folletÃn, es una NOVELA con todas sus letras, te tienes que animar a alargarla y publicarla, ya te hago yo la publicidad.
Qué trio más encantador: Andreitxu, el abuelito y el cocinero. ¿De qué hablarÃan? Qué intriga! Bueno, mi intuición femenina me dice que esa noche hubo lÃo entre la camarera y el cocinero.
La de años que he rejuvenecido escuchando a The Cure! Por cierto, cómo le gustaba a Robert andar tirado por el suelo, como los niños, qué feliz!
Bueno, txiki, seguiremos esperando ansiosamente a ver qué pasa con la saltimbanqui, besinos!
Te felicito, macho, es muy entretenido leerte.
Guay la música, ciao!
Que sorpresa, Marcial contento! Que buenazo el cocinero preparando comida tan especial tambien para el anciano. Cada dia me sorprende mas este relato,tiene de todo! Hasta el siguiente capitulo, un beso.
Davicico, hijo, ¿cómo puedes tenernos tanto tiempo sin saber qué pasa con nuestra camarera favorita? Ayyyy!
Besinos!
Ese restaurante seguro que iba a cerrar, aunque en sus últimos momentos le diera la oportunidad de lucirse a Pascual, e incluso de gustarse, lo cual me hubiese encantado ver. Sebastián traÃa, aparentemente, todas las respuestas, pero creo que no se hizo ninguna pregunta válida para ser un diplomático de la II República y eso me hace pensar que, como época, ya está superada, lo mismo que el franquismo. La pobre Andrea fue, al sacar la libreta, muy inocente, como todos lo somos a los 18 años. Pero obró en conciencia y asumió el riesgo de que la echaran de ese restaurante trasnochado.
¡Qué intrigante este Pascual! Tienes que escribir más sobre él como protagonista. Hazle redactar un libro de cocina por el que se le acuse de plagio. O di que delira al ensayar mezclas con productos exóticos y probarlos él mismo.
Muy entretenido el relato. Muy bueno, Hasta a mà me gusta, aunque de cocina no entiendo nada.
Historias deliciosas.
Espero que tus superiores aprecien la creatividad y un poco del espÃritu de libertad de los blogs y te dejen continuar, ya que parece que llevas el periódico lejos. Un periódico actual debe contar con buenos blogueros, como pude ver en alguno de La Voz de Asturias en el poco tiempo que lo leà y también ahora en El Comercio, asà que espero que sigáis adelante.
Historias fruto de la imaginación o de la frustración.
Teresa, txiki,
me has alegrado el dÃa, y de qué forma, porque me decÃa yo a mà misma: Pero la gente, está ciega ¿ó qué? Tú sà que sabes! has sabido apreciar el gran talento literario que escondÃa nuestro Daviditxu, un beso, guapa!
Gracias por los halagos Teresa, dan ánimos. En este caso es sencillo, porque el cuentecillo es la aventura culinaria de una amiga, que me contó hace poco y que como se ve es divertida por sà misma. Asà que ni imaginación ni frustración: simplemente es un argumento real, con algo de fabulación, claro. Besos.
Y yo me alegro de que te aprovechen, Capitán Larraz. Por cierto, señoras y señores que a veces paran por aquÃ: no olviden visitar su estupendo blog: larraz.wordpress.com. Fuerte abrazo.
Maritxu, me sacas los colores. Otro beso pa ti.
Lo siento, David. No volverá a ocurrir.
Yo creo que es un argumento con mucha fabulación, lejanamente inspirado en la realidad, lo cual es muy válido en literatura.
A la espera de otros cuentos con otros protagonistas.
Sà tiene algo de fabulación,Susana, pero la materia prima es tan real como esos años que pasó Andrea en ese célebre restaurante. Me alegro de que te haya entretenido. Saludos.